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Convertida En La Muñeca Del Mafioso.
Convertida En La Muñeca Del Mafioso.
Por: Christopher W
Capítulo 1: El Polvo Y La Sangre

El sol de la tarde caía implacable sobre las calles empedradas de San Lorenzo, un pueblo olvidado entre cerros y veredas de tierra donde el tiempo parecía haberse detenido. En la pequeña clínica comunitaria, el único sonido era el zumbido constante de un viejo ventilador de techo y el roce suave de las hojas que la doctora Carolina Sandoval organizaba en su escritorio.

​A sus 24 años, Carolina poseía una belleza serena pero deslumbrante. Tenía una piel cálida, ojos expresivos llenos de vida y una sonrisa noble que solía ser el mejor remedio para los enfermos del pueblo. No llevaba maquillaje ni joyas ostentosas; una simple bata blanca sobre un vestido sencillo le bastaba. Había rechazado ofertas para trabajar en grandes hospitales de la Ciudad de México con tal de quedarse cuidando a la gente humilde que la vio crecer. Era amable, sí, pero bajo esa dulzura se escondía un carácter de hierro tallado por la necesidad y el esfuerzo.

​Esa tarde, Carolina atendió a Don Mateo, un anciano agricultor con las manos agrietadas por el trabajo.

​—Doctorita, ya no debería molestarse tanto por este viejo —dijo el hombre, intentando pagarle con un costal de limones.

​—No es ninguna molestia, Don Mateo —respondió ella con una sonrisa cálida, acomodándole la manga de la camisa—. Se toma la medicina para la presión y nos vemos el próximo mes. Y acepte los limones, pero para usted; aquí en la clínica ya tenemos bastantes.

​Carolina amaba la paz de su rutina. No imaginaba que, a solo quince kilómetros de allí, en un rancho abandonado que la vegetación casi había devorado, esa paz estaba a punto de ser destruida a balazos.

​Las ruedas de tres camionetas blindadas levantaron una cortina de polvo denso al detenerse frente al viejo granero del rancho. De la camioneta central bajó Vincenzo Ferretti.

​A sus 32 años, Vincenzo era la definición viviente del peligro y la elegancia. Alto, de espaldas anchas y facciones esculpidas como un bloque de mármol italiano, imponía respeto con la sola presencia. Sus ojos, de un gris helado, no reflejaban compasión. Vestía un traje a la medida que contrastaba grotescamente con la aridez del paisaje mexicano.

​Había volado desde Roma para cerrar una alianza estratégica con un cartel local. Para Vincenzo, México era solo un punto más en el mapa para expandir el imperio Ferretti.

​—Señor, el lugar parece despejado —murmuró Luca, su hombre de confianza, ajustando la funda de su arma.

​—No me gusta el olor de este sitio, Luca —dijo Vincenzo con voz grave y acento italiano marcando sus palabras—. Los mexicanos son impredecibles. Mantengan los ojos abiertos.

​El encuentro duró apenas diez minutos. En cuanto las maletas con dinero y los documentos estuvieron sobre la mesa, la traición se desató. Un francotirador oculto en el tejado abrió fuego, atravesando la madera del granero.

​—¡Es una emboscada! ¡Protejan al Signore! —gritó Luca mientras sacaba su subfusil.

​El infierno se apoderó del lugar. El ensordecedor ruido de las ráfagas de alto calibre llenó el aire. Vincenzo reaccionó con la velocidad de un depredador experimentado, sacando su pistola y derribando a dos atacantes antes de que pudieran acercarse. Sin embargo, al intentar ponerse a cubierto detrás de una camioneta, un impacto de bala de alto calibre le atravesó el costado izquierdo, justo debajo de las costillas.

​El impacto lo hizo hincar la rodilla en el polvo. El dolor fue sordo y ardiente. Vincenzo apretó la herida con la mano, sintiendo la sangre caliente filtrarse entre sus dedos y manchar la camisa de seda blanca.

​—¡Maledizione! —gruñó, escupiendo tierra.

​—¡Señor! ¡Está herido! —Luca lo tomó del brazo, cubriéndolo con su propio cuerpo mientras devolvía el fuego—. ¡Tenemos que salir de aquí ya!

​—Mátalos a todos... —ordenó Vincenzo con la respiración entrecortada y los dientes apretados, rehusándose a mostrar debilidad a pesar de la hemorragia—. No dejes a ni uno solo vivo.

​Tras diez minutos de intenso tiroteo, el silencio regresó al rancho, roto solo por el crepitar de un vehículo en llamas y los quejidos de los caídos. Los hombres de Vincenzo habían eliminado a los traidores, pero el capo italiano se desangraba rápidamente en el asiento trasero de la camioneta.

​—Señor, no llegaremos a la ciudad. Se nos va a morir en el camino —dijo desesperado el chofer.

​Luca miró a Vincenzo, cuyo rostro habitualmente frío comenzaba a perder el color, aunque sus ojos mantenían esa chispa dominante y feroz.

​—En el pueblo que pasamos hace rato... vi una pequeña clínica —recordó Luca—. Habrá un médico ahí.

​Vincenzo sujetó a Luca por la solapa del saco con una fuerza sorprendente para alguien al borde del colapso.

—Traigan a quien sea... —susurró con voz rasposa, amenazante—. Si me muero en esta tierra de m****a... los arrastro conmigo al infierno.

​La camioneta arrancó a toda velocidad rumbo a San Lorenzo. Mientras tanto, en la clínica, Carolina apagaba la última luz del pasillo, totalmente ajena a que la noche traía consigo al hombre que se convertiría en su peor pesadilla... y en su destino.

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