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El sol de la tarde caía implacable sobre las calles empedradas de San Lorenzo, un pueblo olvidado entre cerros y veredas de tierra donde el tiempo parecía haberse detenido. En la pequeña clínica comunitaria, el único sonido era el zumbido constante de un viejo ventilador de techo y el roce suave de las hojas que la doctora Carolina Sandoval organizaba en su escritorio.
A sus 24 años, Carolina poseía una belleza serena pero deslumbrante. Tenía una piel cálida, ojos expresivos llenos de vida y una sonrisa noble que solía ser el mejor remedio para los enfermos del pueblo. No llevaba maquillaje ni joyas ostentosas; una simple bata blanca sobre un vestido sencillo le bastaba. Había rechazado ofertas para trabajar en grandes hospitales de la Ciudad de México con tal de quedarse cuidando a la gente humilde que la vio crecer. Era amable, sí, pero bajo esa dulzura se escondía un carácter de hierro tallado por la necesidad y el esfuerzo. Esa tarde, Carolina atendió a Don Mateo, un anciano agricultor con las manos agrietadas por el trabajo. —Doctorita, ya no debería molestarse tanto por este viejo —dijo el hombre, intentando pagarle con un costal de limones. —No es ninguna molestia, Don Mateo —respondió ella con una sonrisa cálida, acomodándole la manga de la camisa—. Se toma la medicina para la presión y nos vemos el próximo mes. Y acepte los limones, pero para usted; aquí en la clínica ya tenemos bastantes. Carolina amaba la paz de su rutina. No imaginaba que, a solo quince kilómetros de allí, en un rancho abandonado que la vegetación casi había devorado, esa paz estaba a punto de ser destruida a balazos. Las ruedas de tres camionetas blindadas levantaron una cortina de polvo denso al detenerse frente al viejo granero del rancho. De la camioneta central bajó Vincenzo Ferretti. A sus 32 años, Vincenzo era la definición viviente del peligro y la elegancia. Alto, de espaldas anchas y facciones esculpidas como un bloque de mármol italiano, imponía respeto con la sola presencia. Sus ojos, de un gris helado, no reflejaban compasión. Vestía un traje a la medida que contrastaba grotescamente con la aridez del paisaje mexicano. Había volado desde Roma para cerrar una alianza estratégica con un cartel local. Para Vincenzo, México era solo un punto más en el mapa para expandir el imperio Ferretti. —Señor, el lugar parece despejado —murmuró Luca, su hombre de confianza, ajustando la funda de su arma. —No me gusta el olor de este sitio, Luca —dijo Vincenzo con voz grave y acento italiano marcando sus palabras—. Los mexicanos son impredecibles. Mantengan los ojos abiertos. El encuentro duró apenas diez minutos. En cuanto las maletas con dinero y los documentos estuvieron sobre la mesa, la traición se desató. Un francotirador oculto en el tejado abrió fuego, atravesando la madera del granero. —¡Es una emboscada! ¡Protejan al Signore! —gritó Luca mientras sacaba su subfusil. El infierno se apoderó del lugar. El ensordecedor ruido de las ráfagas de alto calibre llenó el aire. Vincenzo reaccionó con la velocidad de un depredador experimentado, sacando su pistola y derribando a dos atacantes antes de que pudieran acercarse. Sin embargo, al intentar ponerse a cubierto detrás de una camioneta, un impacto de bala de alto calibre le atravesó el costado izquierdo, justo debajo de las costillas. El impacto lo hizo hincar la rodilla en el polvo. El dolor fue sordo y ardiente. Vincenzo apretó la herida con la mano, sintiendo la sangre caliente filtrarse entre sus dedos y manchar la camisa de seda blanca. —¡Maledizione! —gruñó, escupiendo tierra. —¡Señor! ¡Está herido! —Luca lo tomó del brazo, cubriéndolo con su propio cuerpo mientras devolvía el fuego—. ¡Tenemos que salir de aquí ya! —Mátalos a todos... —ordenó Vincenzo con la respiración entrecortada y los dientes apretados, rehusándose a mostrar debilidad a pesar de la hemorragia—. No dejes a ni uno solo vivo. Tras diez minutos de intenso tiroteo, el silencio regresó al rancho, roto solo por el crepitar de un vehículo en llamas y los quejidos de los caídos. Los hombres de Vincenzo habían eliminado a los traidores, pero el capo italiano se desangraba rápidamente en el asiento trasero de la camioneta. —Señor, no llegaremos a la ciudad. Se nos va a morir en el camino —dijo desesperado el chofer. Luca miró a Vincenzo, cuyo rostro habitualmente frío comenzaba a perder el color, aunque sus ojos mantenían esa chispa dominante y feroz. —En el pueblo que pasamos hace rato... vi una pequeña clínica —recordó Luca—. Habrá un médico ahí. Vincenzo sujetó a Luca por la solapa del saco con una fuerza sorprendente para alguien al borde del colapso. —Traigan a quien sea... —susurró con voz rasposa, amenazante—. Si me muero en esta tierra de m****a... los arrastro conmigo al infierno. La camioneta arrancó a toda velocidad rumbo a San Lorenzo. Mientras tanto, en la clínica, Carolina apagaba la última luz del pasillo, totalmente ajena a que la noche traía consigo al hombre que se convertiría en su peor pesadilla... y en su destino.






