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Capítulo 2: La Sombra En La Penumbra

​La noche terminó de sepultar a San Lorenzo bajo un manto de silencio opresivo. En la pequeña clínica, Carolina terminaba de esterilizar el instrumental del día. El suave tintineo del metal al chocar contra la bandeja de acero era el único sonido en la habitación. Agotada, se pasó una mano por la frente, soltándose el cabello para respirar con tranquilidad. Pensaba en ir a descansar a la pequeña casa contigua a la clínica, pero una repentina ráfaga de viento hizo vibrar los ventanales de madera, trayendo consigo un presagio pesado.

​A pocos kilómetros, la camioneta negra de los italianos devoraba el camino de tierra sin luces altas para no llamar la atención. En el asiento trasero, Vincenzo apretada los dientes, sintiendo cómo cada bache del camino enviaba un latigazo de dolor insoportable a su costado. Su camisa blanca era ahora un guiñapo empapado en sangre oscura.

​—Acelera —ordenó Vincenzo con un hilo de voz que, aun así, conservaba una autoridad aterradora—. Si pierdo el conocimiento... te juro que te mato, Luca.

​—Ya casi llegamos, Signore. El pueblo está a dos minutos.

​Luca miró por el retrovisor. Sabía que no podían llevar a Vincenzo a un hospital público en la ciudad; la policía y los carteles rivales los estarían esperando. Necesitaban un lugar discreto y a alguien que hiciera el trabajo sin hacer preguntas... o bajo amenaza de muerte.

​El reloj de pared de la clínica marcó las diez y media. Carolina acababa de apagar las luces del consultorio principal y caminaba hacia la puerta trasera cuando el rugido de un motor potente rompió la calma del pueblo. Los neumáticos derraparon sobre la grava frente al establecimiento.

​Carolina se congeló. En un pueblo donde después de las nueve de la noche no circulaba ni un alma, aquello solo podía significar problemas.

​Antes de que pudiera acercarse a la ventana para atisbar, la puerta principal de madera cedió con un crujido sordo tras una fuerte patada. Dos hombres de hombros anchos, vestidos con trajes oscuros y portando armas automáticas con silenciador, irrumpieron en el pasillo.

​—¡¿Quiénes son ustedes?! ¡Salgan de aquí! —gritó Carolina, dando dos pasos hacia atrás y sujetando lo primero que encontró: un bisturí de la mesa de mayo.

​Luca avanzó hacia ella con la mirada fría. Observó a la joven doctora: pequeña en comparación con ellos, pero con los ojos ardiendo de rabia en lugar de pánico.

​—Doctora, no queremos problemas. Pero usted viene con nosotros —dijo Luca en un español neutro con acento marcado.

​—¡Yo no voy a ningún lado! Si es dinero, no hay nada aquí. ¡Lárguense o gritaré! —amenazó ella, levantando el bisturí con mano firme, demostrando que no se dejaría amedrentar fácilmente.

​Luca no perdió el tiempo argumentando. Con un movimiento rápido y entrenado, esquivó el intento de corte de Carolina, le sujetó la muñeca con fuerza para hacerle soltar el bisturí y la giró sobre su propio eje. Antes de que ella pudiera soltar un grito de auxilio, el segundo hombre presionó un paño empapado en cloroformo sobre su nariz y boca.

​Carolina luchó con todas sus fuerzas, clavando sus uñas en el brazo del hombre y pateando a ciegas, pero el químico actuó con rapidez. Su visión se volvió borrosa, las piernas le pesaron como plomo y el rostro rígido del hombre que la sujetaba fue lo último que vio antes de que todo se apagara.

​El despertar fue lento y doloroso. A Carolina le retumbaba la cabeza con un latido sordo y el sabor amargo del anestésico le quemaba la garganta.

​Abrió los ojos gradualmente. No estaba en su clínica. El techo era de vigas de madera carcomida y el aire olía a humedad, polvo acumulado y un denso rastro de hierro... el olor a sangre fresca. Estaba sentada en una silla de madera, con las muñecas atadas firmemente a la parte posterior con bridas de plástico.

​Trató de soltarse, pero la flexión solo logró rasparle la piel.

​—No lo intentes. Te vas a lastimar la piel, ragazza —resonó una voz profunda, grave y arrastrada desde la penumbra del fondo de la habitación.

​Carolina giró la cabeza bruscamente hacia la sombra.

​Tirado sobre un sofá de cuero desgastado, bajo la luz tenue de una sola lámpara de mano, se encontraba Vincenzo. Se había quitado el saco y la camisa estaba abierta de par en par, revelando un torso musculoso, cubierto de tatuajes oscuros y una amplia mancha de sangre que seguía brotando de su costado izquierdo.

​A pesar de su evidente debilidad y la palidez de su rostro, el aura que emanaba de él era sofocante. Sus ojos oscuros la examinaban con una mezcla de arrogancia y curiosidad peligrosa.

​—¿Quién es usted? —exigió Carolina, tragando saliva para recuperar la voz, manteniendo la cabeza en alto—. ¿Por qué me trajeron aquí? ¡Suelteme inmediatamente!

​Vincenzo dejó escapar una risa baja, un sonido rasposo que le provocó una mueca de dolor en el rostro.

​—Miren eso... la florecita del pueblo tiene garras —murmuró él, mirándola fijamente—. Te trajeron porque necesito un médico. Y tú vas a sacarme esta bala del cuerpo.

​—No voy a hacer nada por un criminal que me secuestró —respondió ella sin dudar, clavándole una mirada cargada de desprecio—. Si quiere un doctor, vaya a un hospital.

​Vincenzo entornó los ojos. Nadie, absolutamente nadie en su mundo le hablaba con ese tono. La audacia de la joven para desafiarlo en su propia cara le causó una punzada de ira, pero también algo más... una extraña fascinación.

​—No estás en posición de negociar, doctora —dijo él, inclinándose un poco hacia adelante, ignorando el dolor punzante de su herida—. Si me salvas la vida, tal vez considere no quemar tu querido pueblito hasta los cimientos. Pero si te niegas... te aseguro que serás la primera en morir.

​Carolina sintió un frío helado correr por su espalda, pero apretó la mandíbula. Supo en ese instante que no estaba tratando con un simple delincuente común, sino con un monstruo acostumbrado a salirse siempre con la suya.

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