El impacto de la bofetada todavía retumbaba en las cuatro paredes de la habitación. La cabeza de Vincenzo había girado ligeramente por la fuerza del golpe, pero no emitió un solo quejido. Despacio, casi de forma felina, devolvió la mirada hacia Carolina. Un hilo fino de sangre brillaba en la comisura de su labio inferior. Carolina respiraba agitadamente, con la mano aún temblorosa por el impacto y la espalda pegada contra la pared. Esperaba un golpe, una bofetada de vuelta o la frialdad de una pistola presionándole la frente. Esperaba al monstruo despiadado. En lugar de eso, vio cómo los ojos grises del italiano se oscurecían hasta parecer carbón encendido. La rabia en el rostro de Vincenzo no se tradujo en violencia asesina, sino en una chispa de deseo insaciable, primitivo y fuera de todo control. —Tienes agallas, dottoressa... —musitó él con una sonrisa oscura, rozándose la sangre del labio con el pulgar. Antes de que ella pudiera reaccionar, Vincenzo acortó la distancia de
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