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Capítulo 4: ¿Crees Que Va A Humillarme?

El sudor frío cubría el rostro de Vincenzo mientras Carolina trabajaba con una precisión admirable. Extraer la bala de un calibre tan alto no era tarea fácil, pero la joven doctora manejaba las pinzas con la maestría de un cirujano experimentado. Durante todo el procedimiento, la tensión entre ambos fue asfixiante. Cada vez que el instrumental rozaba la carne de Vincenzo, él apretaba los dientes, no solo por el dolor, sino por la tortuosa cercanía de Carolina, cuyo aroma a jabón neutro y piel limpia eclipsaba el olor a hierro y humedad de la cabaña.

​Cuando el último punto de sutura quedó colocado y el vendaje apretado firmemente, el cuerpo de Vincenzo sucumbió finalmente a la fiebre y a la pérdida de sangre. Sus ojos oscuros se cerraron de golpe, dejando escapar un suspiro pesado.

​Carolina dio un paso atrás, exhausta. Por un momento contempló el rostro dormido del italiano: desprovisto de su mirada arrogante y amenazante, parecía casi humano. Pero ella no se dejó engañar. Aquel hombre era un monstruo peligroso.

​Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, la cabaña se convirtió en una prisión de alta seguridad. Los hombres de Vincenzo mantuvieron a Carolina cautiva mientras monitoreaban la recuperación de su jefe. Carolina, haciendo valer su profesionalismo, le administró antibióticos y cuidó de la fiebre, sabiendo que la vida de ese criminal era su único seguro para volver a casa.

​Al tercer día, la fiebre cedió por completo.

​El sol del mediodía filtraba sus rayos por las rendijas de las ventanas. Vincenzo estaba sentado a la cabecera de la mesa del comedor de la finca, vistiendo una camisa negra impecable traída por Luca, que disimulaba el abultado vendaje bajo la tela. Se veía recuperado, imponente y con la prepotencia devuelta intacta a su rostro.

​Carolina fue escoltada hasta el comedor. Tenía el cabello recogido de forma improvisada y la ropa algo arrugada tras días de encierro, pero su postura era recta y sus ojos no reflejaban doblez alguna.

​—Siéntate, dottoressa —ordenó Vincenzo, cortando un trozo de fruta con elegancia refinada.

​—Prefiero estar de pie. Dígame si ya me puedo ir. Mi pueblo y mi clínica me necesitan —respondió ella con voz helada.

​Vincenzo dejó el cubierto sobre el plato con un chasquido seco. Sonrió con suficiencia, disfrutando del momento en que restablecería el orden de poder. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un grueso fajo de billetes de cien dólares. Sin dejar de mirarla a los ojos, dejó caer el fajo de dinero al suelo, justo en el polvo, a los pies de Carolina.

​Luca y los demás hombres armados en la sala permanecieron en absoluto silencio.

​—Ahi tienes tu pago por la sutura y los cuidados —dijo Vincenzo con voz baja, pausada y cargada de desprecio—. Recógelo del suelo. Y de paso, límpiame el polvo de las botas con tu pañuelo. Haz eso, y le ordenaré a Luca que te lleve de regreso a tu miserable pueblito.

​El intento de humillación fue directo y despiadado. Vincenzo quería verla doblar las rodillas, quería romper ese orgullo campesino que tanto le molestaba... y que tanto lo encendía.

​Carolina miró el fajo de billetes en la tierra. Un silencio denso inundó la habitación. Despacio, la doctora dio un paso al frente. Los hombres de Vincenzo tensaron las manos sobre sus armas, esperando que se agachara.

​Sin embargo, Carolina alzó la vista, clavó sus ojos café llenos de dignidad en la mirada gris de Vincenzo y, sin pestañear, pisó el fajo de dólares, restregando la suela de su zapato contra el dinero y la tierra.

​Un murmullo de sorpresa reprimido recorrió la sala. Luca abrió los ojos de par en par.

​—Guarde su dinero sucio para comprarse algo de educación, signore Ferretti —dijo Carolina con una voz que no tembló ni un milímetro—. Mi trabajo como médica salva vidas, no se vende al mejor postor ni se rebaja ante criminales como usted.

​La sonrisa de Vincenzo se extinguió al instante. Una vena se marcó en su frente mientras la furia se apoderaba de su rostro. Lentamente, la imponente figura del mafioso se levantó de la silla. Caminó hacia ella con pasos calculados hasta quedar a escasos centímetros. Su sombra la cubrió por completo.

​Extendió la mano y le sujetó la mandíbula con fuerza, obligándola a levantar el rostro.

​—Te estás jugando la vida, niñita —musitó él con una voz tan peligrosa que heló el aire de la estancia—. Nadie me falta al respeto en mi cara. Podría hacer que mis hombres te tiren a un barranco y nadie jamás encontraría tu cuerpo.

​Carolina sintió la presión del agarre en su piel y el calor envolvente del cuerpo de él, pero sostuvo la mirada con una valentía suicida.

​—Entonces hágalo —desafió ella, sintiendo el aliento cálido de Vincenzo rozar sus labios—. MÁTEME. Pero los dos sabemos la verdad: usted no me mata porque me necesita más de lo que yo necesito su dinero. Sin mí, esa herida se le vuelve a infectar y se muere en esta tierra que tanto desprecia.

​Vincenzo apretó los dientes. La osadía de la joven era una provocación directa a su ego, pero al mismo tiempo, el contacto directo, el desafiante calor de la piel de Carolina y el fuego de sus ojos volvieron a encender en el bajo vientre del italiano ese deseo salvaje e incontrolable que lo desconcertaba.

​En lugar de quebrarse, Carolina lo desafiaba. Y eso, para Vincenzo Ferretti, era una droga letal a la que ya no pensaba renunciar.

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