Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en el comedor era tenso como una cuerda a punto de romperse. La mano de Vincenzo aún apretaba la mandíbula de Carolina, pero en lugar de aumentar la presión para destruirla, sus dedos temblaron casi imperceptiblemente. La distancia entre sus rostros era mínima; podía sentir el pulso acelerado en el cuello de la joven doctora y ver la llama indomable en sus ojos.
La respuesta de Carolina había sido una bofetada directa a su orgullo, pero también la confirmación de algo que a Vincenzo le aterrorizaba y fascinaba a la vez: esa mujer no le tenía miedo. Y su cuerpo, traidor e incontrolable, respondía a ella con una ferocidad que jamás había experimentado con ninguna de las aristócratas o modelos que habían pasado por su cama en Europa. Lentamente, Vincenzo la soltó. Dio un paso atrás, acomodándose los puños de la camisa negra como si nada hubiera pasado, recuperando su máscara de compostura fría y dominante. —Tienes razón en algo, dottoressa —dijo él, dedicándole una sonrisa helada y carente de calidez—. Te necesito. Pero no como tú crees. Giro sobre sus talones y miró a Luca. —Preparen todo. Nos vamos de este cuchitril. Volvemos a la mansión de la capital hoy mismo. —¡Espera! —exclamó Carolina, dándose la vuelta y encarándolo—. Cumplí con mi parte. Le salvé la vida, limpié la herida y mantuve la infección a raya. Dijiste que me dejarías volver a mi pueblo. Vincenzo se detuvo cerca de la puerta y la miró de reojo sobre el hombro, con una expresión de desprecio absoluto. —Te mentí —dijo con total naturalidad—. Un hombre de negocios nunca deja ir un recurso valioso. A partir de hoy, eres mi médica personal. Vienes conmigo. —¡No voy a ir a ningún lado! —gritó Carolina, dando un paso al frente, la indignación haciéndola olvidar el peligro—. ¡Tengo pacientes que dependen de mí! ¡Tengo una vida, una clínica, una gente a la que cuido! No puedes simplemente secuestrarme y decidir sobre mi libertad. —En esta tierra y en la mía, yo decido quién vive, quién muere y quién me pertenece —sentenció Vincenzo con voz profunda, una orden absoluta que resonó en las paredes de madera—. Considera que has sido ascendida, campesina. Pasarás de curar picaduras de insectos a tener un sueldo millonario. —¡No quiero tu sucio dinero! —le gritó ella, mientras dos de sus escoltas se posicionaban a los lados de Carolina para impedirle el paso—. ¡Prefiero mil veces mi clínica humilde que ser la esclava de un criminal despiadado! Vincenzo ignoró sus palabras y salió de la habitación, dejando a Carolina hirviendo de rabia e impotencia. Cerca de la medianoche, los preparativos para el traslado estaban casi listos. La cabaña estaba rodeada por tres camionetas blindadas adicionales que habían llegado desde la capital. Carolina permanecía encerrada en la pequeña habitación del piso superior. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. Había intentado forzar la ventana, pero estaba clavada desde fuera. Su mente buscaba desesperadamente una escapatoria; no podía permitir que este mafioso se la llevara lejos de su hogar, lejos de todo lo que amaba. De pronto, el cerrojo de la puerta giró con un chasquido metálico. Vincenzo entró a la habitación. Ya no llevaba el saco, y los primeros botones de su camisa estaban desabrochados. La luz tenue de la luna llena entraba por la ventana, bañando la estancia en un tono azulado y haciendo resaltar la figura imponente del italiano. Carolina se pegó de inmediato contra la pared opuesta, cruzando los brazos a la altura del pecho en actitud defensiva. —¿Qué quieres? —demandó ella con voz dura. Vincenzo no respondió de inmediato. Avanzó con pasos lentos y predadores, acortando la distancia entre ellos. La presencia de la joven lo estaba volviendo loco. Llevaba días intentando racionalizar el deseo físico desenfrenado que sentía cada vez que la tenía cerca, tratando de convencerse de que era solo el efecto de la fiebre o la adrenalina. Pero estar a solas con ella, bajo la luz de la luna, confirmaba su peor pesadilla: la necesitaba. —¿Por qué me miras así? —preguntó él, detenerse a solo un paso de ella, acorralándola contra la pared. —Te miro con el asco que le tengo a un secuestrador —replicó Carolina sin bajar la mirada, aunque el corazón le martillaba el pecho ante la aplastante cercanía física del hombre. Vincenzo extendió una mano y, con una lentitud exasperante, rozó el dorso de sus nudillos contra la mejilla de Carolina. Ella intentó apartar la cara con brusquedad, pero él la sujetó firmemente por la nuca, atrapándola. —¿Sabes qué es lo que más me molesta de ti, piccola? —susurró él, inclinándose hasta que su aliento cálido golpeó la piel sensible del cuello de la joven—. Que eres una insignificante doctora de pueblo... y aun así lograste romper el hielo que llevaba años en mi sangre. Carolina sintió un escalofrío helado recorrerle la columna. La piel se le erizó instantáneamente. El contraste entre el peligro que emanaba de Vincenzo y la ola de calor inexplicable que la invadía al sentir su toque la confundía y la enfurecía. —No sé de qué demonios hablas —dijo ella con la voz ligeramente agitada, intentando empujar el pecho de él con las manos—. Suéltame. Me das asco. Vincenzo dejó escapar una risa baja, un sonido oscuro que retumbó directamente contra el oído de ella. Hundió la cara en el hueco entre su cuello y su hombro, aspirando con fuerza su aroma. Sintió cómo la sangre le hervía en las venas y cómo la erección en sus pantalones se volvía dolorosamente rígida al sentir el cuerpo de Carolina pegado al suyo. —Mientes —provocó él, apretando su cadera contra la de ella para que sintiera la evidencia innegable de su deseo—. Sientes cómo tiemblas. Tu cuerpo no miente, doctora. —¡Es repugnancia! —exclamó Carolina, reuniendo todas sus fuerzas. Zafó un brazo y, con toda la rabia acumulada por el secuestro, la humillación y el atrevimiento del italiano, le plantó una sonora cachetada en el rostro. El impacto resonó en la pequeña habitación como un disparo. La cabeza de Vincenzo se giró por la fuerza del golpe. El silencio que siguió fue absoluto y aterrador.






