El ascensor abrió directamente en el penthouse. Ariadna entró despacio. Todavía sentía la cara rígida por la férula y el interior de la nariz adolorido. El analgésico la hacía sentir más liviana, pero no menos cansada.
El lugar estaba tan silencioso como en la mañana. Pero ahora había un olor distinto. Alguien había cocinado.
Ariadna frunció el ceño.
—¿Tú… pediste comida? —preguntó.
Dante cerró la puerta detrás de ellos.
—Tenías que comer. No has probado nada desde anoche.
Ariadna no respondió.