El estruendo del disparo desviado aún zumbaba en los oídos de Ariadna, un pitido agudo que parecía sincronizarse con el latido errático de su propio corazón. A través del cristal tintado del Mercedes, la escena se desarrollaba en una cámara lenta macabra. Vio a Dante, su esposo, el hombre que la había cuidado con una ternura casi religiosa durante las últimas dos semanas, transformarse en algo que apenas reconocía. Sus manos, esas mismas manos que le habían acomodado las almohadas esa mañana, a