El Mercedes negro se deslizó por las calles de Nueva York como un tiburón silencioso. Ariadna observaba el paisaje urbano a través del cristal tintado, sintiendo que la ciudad que antes le parecía llena de oportunidades ahora era una jungla de concreto donde el peligro acechaba en cada esquina. Iván conducía con una rigidez sobrenatural, sus ojos saltando constantemente del camino al espejo retrovisor, escaneando cada vehículo que se acercaba demasiado.
—Señora, esto es una imprudencia —advirti