El silencio en la mansión Volkov no era paz; era una presión constante que zumbaba en los oídos de Ariadna. Sentada a la mesa del comedor, observaba el fondo de su taza de café vacía como si en los posos amargos pudiera encontrar una explicación a la masacre que había sufrido su vida. Apenas habían pasado quince días desde que el acero atravesó su piel, y el mundo que antes conocía se sentía como una película borrosa vista a través de un cristal sucio.
Louise, la sirvienta que antes la miraba c