La cena se servía en el gran comedor, bajo la luz de una lámpara de cristal que parecía demasiado brillante para el estado de ánimo de Ariadna. A pesar de la alegría por la habitación del bebé, una extraña pesadez se instaló en la mesa. Dante comía con elegancia, pero mantenía esa distancia profesional que adoptaba cuando su mente ya estaba en el siguiente negocio.
Elena, que no sabía quedarse callada cuando veía una oportunidad de asegurar el futuro, dejó su copa de vino sobre el mantel y miró