El sonido de un motor potente rompió el silencio de la madrugada en la entrada de la mansión. Ariadna se despertó sobresaltada, mirando el reloj de la mesita de noche: eran las tres de la mañana. Se había quedado dormida con la ropa puesta, rendida por el cansancio físico y el agotamiento mental de un día lleno de choques emocionales. Se sentó en la cama, frotándose los ojos, y escuchó el eco de la puerta principal cerrándose. Luego, esos pasos. Firmes, seguros, rítmicos. Era Dante. No necesita