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El motor del Porsche rugía como una bestia herida bajo el pie de Dante mientras devoraba los kilómetros de la autopista hacia la clínica. Los nudillos le blanqueaban sobre el volante de cuero, y su respiración era un sonido irregular, entrecortado por un pánico gélido que no sentía desde hacía casi una década. La llamada de Iván, recibida apenas diez minutos atrás, lo había sacado de su eje de una forma violenta: «Señor, la señora Ariadna... se desmayó en el coche. Vamos camino a la clínica de u