La mañana siguiente llegó con una resaca emocional que pesaba más que el vino de la noche anterior. Ariadna se despertó con el sonido de Mara moviéndose en la cocina, preparando un café cargado que inundaba el pequeño apartamento con un aroma amargo. Mara ya se había retocado un poco el rostro, pero el cansancio seguía ahí, marcando sus facciones.
—Buenos días, bella durmiente —dijo Mara, extendiéndole una taza humeante—. Tómate esto. Lo vas a necesitar.
Ariadna se sentó a la mesa, todavía envu