Ariadna se quedó quieta frente al espejo, respirando por la boca mientras el dolor le subía por la nariz hasta los ojos. La férula que había arrancado estaba en el lavamanos, torcida, manchada con un rastro tenue de sangre. No era mucha, pero suficiente para demostrarle que lo que acababa de hacer había sido una estupidez.
Se apoyó con ambas manos en el borde del lavamanos.
El mármol estaba frío.
Su pecho subía y bajaba de forma irregular, como si todo el aire le hubiera quedado atrapado. No sab