El camino hacia el faro era un sendero de tierra y piedras, bordeando el borde del acantilado. El rugido del mar, chocando contra las rocas veinte metros más abajo, era un sonido constante y amenazador. La luna, casi llena, pintaba el paisaje de plateado y sombras profundas. Mateo caminaba delante, iluminando el camino con una linterna, su otra mano sosteniendo firmemente a Luna, cuyo brazo izquierdo, inmovilizado en un cabestrillo, la hacía más lenta. Cada paso era medido, cada sombra era sosp