El cuchillo de Javier cortó el aire con un silbido. Mateo empujó a Luna hacia atrás, contra el frío cristal de la lente del faro, y esquivó la estocada por centímetros. El metal chocó contra la estructura de hierro, lanzando chispas.
—¡Siempre te interpones! —rugió Javier, recuperando el equilibrio con una agilidad sorprendente para un hombre herido—. ¡Como tu padre!
—¡Habla de mi padre otra vez y te rompo la cara! —gritó Mateo, buscando algo, cualquier cosa, para usar como arma. Solo había her