La casa de Luna y Mateo ya no era un hogar. Era una fortaleza. Las persianas estaban bajadas. Las pantallas de las cámaras de seguridad cubrían una pared del estudio, mostrando cada ángulo del exterior. En el centro de la sala, el grupo central estaba reunido: Luna, Mateo, DJ, Tomás, Miguel (que había regresado tras dejar a Elena) y, vía videollamada, Sofía y Carla, cada una en sus respectivos búnkeres temporales. La imagen del restaurante quemado aún ardía en sus mentes.
—No podemos seguir jug