«La Gavia» era un suspiro apestoso de cerveza rancia, tabaco y desesperanza junto al agua negra del puerto industrial. La música de una ranchera triste salía de una radio antigua, apenas audible sobre el murmullo de voces bajas y el tintineo de vasos. La clientela eran hombres de rostros duros, marineros de baja estofa y tipos cuyo oficio no querías conocer. Luna, con una gorra y una chaqueta holgada que ocultaba su figura, y Mateo, con una barba de días y ropa de trabajo, pasaron lo más desape