El tiempo se estiró, se hizo lento y gelatinoso. Luna no cayó de inmediato. En el último instante, sus dedos de la mano sana, desesperados y a ciegas, encontraron una saliente irregular en la piedra del exterior del faro, justo debajo del marco de la ventana. El agarre era precario, apenas unas falanges apoyadas en un borde áspero. El resto de su cuerpo pendía en el vacío, balanceándose peligrosamente con el viento que subía desde el acantilado. El mar rugía debajo, un monstruo blanco y negro e