El salón del hotel brillaba bajo una lluvia de luces cálidas que se reflejaban en el mármol pulido. Copas de cristal, risas medidas, hombres de traje oscuro y mujeres con vestidos impecables. Todo estaba cuidadosamente diseñado para parecer natural, espontáneo, feliz.
Pero nada lo era.
Sebastián permanecía de espaldas a la multitud unos segundos antes del brindis, mirando la ciudad a través de los ventanales.
Sintió un nudo en el pecho, y una peligrosa necesidad de saltar al vacío.
Isabel se