No había día en que no pensara en ella.
En realidad, no había hora, ni minuto en que no lo hiciera. Valentina se había instalado en su cabeza como un eco permanente, como una herida que no terminaba de cerrar porque él mismo no dejaba de tocarla.
El chat entre ambos era una prueba humillante de su caída: mensajes enviados a distintas horas, palabras que empezaban con orgullo contenido y terminaban en súplica silenciosa. “Hablemos.” “Por favor.” “Déjame explicarte.” A veces escribía párrafos en