Valentina miró las fotos que le habían sacado en la calle.
“Sé dónde vives. Será mejor que atiendas mis llamadas.”
El teléfono volvió a sonar.
Cerró los ojos con fuerza y respiró hondo. Contó hasta tres, como hacía cuando todo se le iba de las manos. De esa forma solía calmarse.
Pero esta vez no funcionó.
El problema seguía ahí.
Lucas seguía esperando al otro lado de la línea.
—¿Qué quieres? —dijo al fin, con la voz temblorosa.
Del otro lado se escuchó una risa burlona que le heló la sangre.