El trayecto de vuelta a la mansión Blackwood fue un suplicio de silencio. Alistair estaba sentado frente a mí, con la mirada perdida en la oscuridad exterior. El roce rítmico de su guante contra el cuero del asiento era el único sonido, un recordatorio constante de la tensión que vibraba bajo su piel. Yo no me atrevía a hablar; sabía que cualquier palabra sobre lo ocurrido en el baile actuaría como una chispa en un barril de pólvora. ¿Por qué no puede soltarlo? —pensé, sintiendo que el aire den