La luz de la mañana siguiente entraba pálida por los ventanales del comedor. La tormenta de la noche anterior se había ido, dejando un silencio extraño en la casa. Alistair y Elowen estaban desayunando, todavía envueltos en esa tregua suave que había nacido frente a la chimenea. Él ya no la miraba con odio, sino con una duda que no sabía cómo nombrar.
De pronto, el ruido de botas pesadas rompió la calma. Las puertas se abrieron y Vane entró, flanqueado por la Guardia Real. No traía su habitual