El viaje que normalmente tomaba diez días se convirtió en una carrera suicida. Alistair no se detuvo. Cambiaba de caballo en cada puesto de avanzada, ignorando el frío que le cortaba la cara y el cansancio que le pesaba en los huesos. Cada vez que cerraba los ojos por un segundo, no veía la guerra; veía la cara de Elowen pidiéndole que volviera. Esa "punzada" en el pecho era ahora un motor que lo obligaba a galopar hasta el agotamiento.
A mitad del camino, en el sexto día, empezó a ver los rast