Cuatro meses después.
La casa frente al mar estaba en silencio, pero era un silencio lleno de vida. Un llanto suave y nuevo llenaba los rincones que antes solo conocían las risas de los adultos y el sonido eterno de las olas.
Lia Valentina había nacido hacía tres semanas. Una niña pequeña, de cabello negro como el de su madre y ojos curiosos que parecían buscar algo (o a alguien) en cada rincón de la casa.
Camila estaba sentada en la mecedora de Lia, con su hija en brazos, dándole pecho mientra