La lluvia no había parado en todo el día. Las gotas golpeaban las ventanas de la mansión como un recordatorio constante de que nada estaba bajo control.
Lia se encontraba en la biblioteca, sentada en el sillón grande con un libro que no lograba leer. Tenía el teléfono en la mano, revisando una y otra vez los mensajes anónimos. Cada palabra se sentía como una amenaza más grande.
A las cuatro de la tarde, Alejandro entró en la biblioteca acompañado de un hombre alto, de unos cincuenta años, con t