Michael estaba listo para tener una reunión privada con los padres de Sara. Ellos vivían en la misma mansión, pero tenían su propio comedor y cocina apartados.
—¿Te acabas de poner nervioso? —cuestionó Sara, frunciendo el ceño.
Iban caminando por un pasillo.
—Para nada.
—Estás rígido, Michael.
Y tenía razón, los nervios lo consumían. No podía caminar sin parecer un pingüino en cada paso que daba. Su espalda estaba firme, al igual que sus brazos y piernas.
—No es la primera vez que hablas