Ella se sentó de nuevo, colocando ambas manos sobre su cabeza por la estupidez que hizo hace segundos.
—M-Mateo… yo —balbuceó, sin saber qué decirle.
Tenía que disculparse, fue un impulso de idiotez. Un total error que perjudicó a su mejor amigo, porque el pelinegro seguía con los párpados bien abiertos.
Lo hizo sentir mal.
—No te preocupes. Sé que lo hiciste para deshacerte de Samuel, o darle celos. Cómo sea —Sacudió su mano, pero en el fondo le dolía el pecho—. ¿Nos vamos?
Victoria hundi