Mundo ficciónIniciar sesiónEstábamos celebrando el triunfo de la señorita Rincón, y aunque las luces, la música y el murmullo constante del lugar intentaban envolverme en ese ambiente festivo, no podía evitar sentir que esa victoria también podría haber sido mía. Lo pensé mientras sostenía mi vaso, observando cómo ella sonreía rodeada de felicitaciones, como si todo el esfuerzo del mundo se hubiera alineado perfectamente a su favor. Yo también había trabajado duro, yo también lo merecía, pero mi jefe había tomado otra decisión. Siempre lo hacía. Frío, calculador, como si las personas no fueran más que piezas reemplazables en su tablero. Prefirió relegarme al puesto de secretaria, como si mi talento no fuera suficiente, como si mi voz no importara.
Y aun así, ahí estaba yo, celebrando algo que me dolía.
Tomé otro sorbo, más largo esta vez, dejando que el líquido descendiera por mi garganta con un leve ardor que, por un instante, logró distraerme. No me gustaba ese lugar, ni la gente, ni la forma en que él manejaba todo… ni mucho menos su reputación. Sabía perfectamente cómo era: controlador, distante, y con una facilidad irritante para envolver a distintas mujeres en su mundo. Eso, más que cualquier otra cosa, me generaba rechazo.
Parpadeé varias veces.
Algo no estaba bien.
La música empezó a distorsionarse ligeramente, como si alguien hubiera bajado la calidad del sonido dentro de mi cabeza. Las luces se difuminaron, perdiendo sus contornos definidos. Intenté enfocar, pero todo parecía moverse en una especie de neblina extraña.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, frunciendo el ceño mientras intentaba distinguir el rostro del hombre que se había acercado.
No lo lograba.
Era como si su cara estuviera cubierta por una sombra suave, inalcanzable, borrosa. Nunca me había pasado algo así, y eso me incomodó más de lo que quería admitir.
—Mi nombre no importa… dime el tuyo —respondió él.
Su voz.
Había algo en esa voz.
Grave, pausada, con un tono que me resultaba inquietantemente familiar, como un recuerdo que no lograba atrapar del todo. Me hizo tensar ligeramente los hombros.
—No, gracias —respondí, intentando sonar firme, aunque mi equilibrio no cooperaba demasiado.
No iba a decirle mi nombre a un desconocido. No iba a moverme de ahí con alguien que ni siquiera podía ver bien. De hecho, ni siquiera sabía por qué estaba viendo así. No usaba gafas, no tenía problemas de visión… y, aun así, todo parecía cubierto por una ligera bruma.
—Bueno, chica… es un gusto conocerte. ¿Qué te parece si me acompañas a mi habitación? —dijo con una naturalidad que me hizo fruncir aún más el ceño.
¿En serio?
Una parte de mí quiso reírse. Otra, más sensata, se tensó de inmediato.
—No salgo con extraños —respondí, con un tono más frío.
No lo conocía. Ni su cara, ni su nombre, ni sus intenciones. Y aunque una parte absurda de mí sentía curiosidad por esa voz, por esa presencia que parecía envolver el aire a mi alrededor, no iba a ceder tan fácilmente. No era estúpida… o al menos, intentaba no serlo.
—Sin rodeos… solo necesito que me ayudes a llegar a mi habitación. No puedo solo —añadió.
Esa respuesta me desconcertó.
Volví a intentar enfocar su figura, buscando alguna señal, algún indicio de si estaba diciendo la verdad o no, pero la borrosidad seguía ahí, obstinada, frustrante. No sabía si confiar en él. No tenía razones para hacerlo… pero tampoco parecía agresivo. Había algo en su postura, en la forma en que hablaba, que no transmitía peligro inmediato.
Y ese fue mi error.
—¿Qué habitación es? —pregunté finalmente.
No estaba segura de por qué lo hacía. Tal vez porque, a pesar de todo, siempre había sido así. Confiaba. Demasiado.
—314 —respondió.
Asentí lentamente. Esa zona del hotel correspondía a las suites. Lo sabía bien. Eso significaba que, al menos, no estaba mintiendo sobre hospedarse allí.
—Está bien… te ayudo —dije, casi más para convencerme a mí misma que a él.
Me levanté con cuidado, sintiendo cómo el mundo se inclinaba ligeramente bajo mis pies. Tuve que concentrarme en cada paso, en mantener el equilibrio, en no dejar que esa sensación extraña me venciera. Él caminaba a mi lado, lo suficientemente cerca como para sentir su presencia, pero sin tocarme.
Lo cual, curiosamente, agradecí.
Entramos al ascensor en silencio. El reflejo en las paredes metálicas tampoco me ayudaba; mi propia imagen parecía distorsionada, como si no terminara de pertenecerme del todo. Observé el panel de botones y vi cómo se iluminaba uno de los pisos superiores.
Mientras más rápido terminara esto, mejor.
Cuando el ascensor se detuvo, salimos al pasillo. El silencio ahí era distinto, más denso, más íntimo. Caminé guiándome por los números en las puertas, aunque mis ojos seguían jugando en mi contra. Cada paso requería un pequeño esfuerzo de concentración.
Finalmente, me detuve frente a la 314.
Con cierta torpeza, llevé la tarjeta hacia donde creía que estaba el lector. Fallé una vez. Luego otra. A la tercera, la luz cambió y la puerta se abrió con un leve clic que me dio más alivio del que debería.
—¿Por qué no entras? —pregunté, girándome ligeramente hacia él.
Y en ese instante, con la puerta abierta detrás de mí y el pasillo en silencio, una sensación extraña recorrió mi cuerpo. No era miedo exactamente… pero tampoco era tranquilidad.
Era algo intermedio.
Algo que me decía que, quizá, esa noche no iba a terminar como yo esperaba.







