Primera decisión

New York, 17 de febrero, 22:45 PM

La música del bar del hotel resultaba ser bastante fuerte. Nos encontrábamos celebrando el triunfo de la señorita Rincon, luego de varios días de tenue concurso, por fin la habían dado como vencedora. Todos murmuraban de forma constante, mientras las luces brillaban de forma constante; Gire mi vaso un poco, mientras la veía sonreír y una chispa de envidia crecía en lo más profundo de mi ser.

Consideraba que ella tenía todo lo que deseaba.

Mientras yo debo conformarme con lo poco que tengo. Tome el líquido ambas de golpe, quemándome la garganta en el proceso. Siempre me esforcé, pero la vida nunca se tomó el tiempo de tratarme como merezco.

Estuviera bien o mal visto, estaba cansada de ser una sombra oscura en la vida de otras personas. Saqué de mi bolsillo ese sobre que compré afuera, una parte ni siquiera entendía para que lo hice, si nada de eso es de mi agrado, pero algo más profundo si lo sabía. Sin dudarlo más, pedí otra copa, apenas me la dieron vertí el contenido dentro de la bebida revolviéndolo hasta que no quedara rastro.

Tome un sorbo, uno largo dejando que el líquido descendiera por mi garganta.

Según la persona a la que se lo compre, esto era la gloria para momentos así, pero no sentía nada especial al momento de consumirlo. Ni felicidad, ni relajación. Solo un ligero mareo por la mezcla de diferentes bebidas alcohólicas.

Cerré los ojos fuerte, intentando que mi cerebro no cayera ante el alcohol, pero apenas los abrí mi mundo se fue de lado obligándome a sujetarme fuerte del borde de la mesa. Ya necesitaba dejar el alcohol, al menos por esta noche.

Una sombra pasó a mi lado y tomo asiento, quise apartar mi vaso para evitar tumbarlo, pero no estaba en su lugar. Cerré de nuevo los ojos, buscando claridad, pero al momento de quererlos abrir me costó bastante. No debía entrar en pánico o todos se darán cuenta que me caigo de borracha, necesitaba sacar fuerzas donde no las tengo para aparentar estar normal.

—¿Problemas con el alcohol? —Dice una voz ronca a mi lado.

No la reconozco. Su voz retumba con fuerza en mi cabeza y queda como un bucle dando vueltas, hasta que poco a poco se desvanece y no logro recordar como sonaba.

Algo anda mal.

—¿Quién eres? —Espero que se trate de un desconocido.

Mire al hombre, pero su rostro era borroso, todo a su alrededor estaba borroso. Su cara cubierta con una sombra suave, inalcanzable e imposible de quitar. Creo que ese polvo blanco si hizo mucho efecto en mí.

—Mi nombre no importa, necesitas salir de aquí antes de que noten tu estado.

Siento sus dedos agarrar mi mano. Una corriente recorre mi cuerpo con su tacto caliente.

Su voz.

Hay algo en su voz.

Algo familiar y a la vez tan olvidable.

Es grave, pausada y con un tono que resulta inquietantemente familiar, pero nunca lo suficiente para recordarlo con claridad. No iba a irme a ningún lado con un hombre desconocido, por muy mareada que estuviera en estos momentos.

—No, gracias—Respondí.

Al menos creo sonar convincente.

Quise ponerme de pie, pero las piernas no me respondieron. Entre más tiempo pasaba el efecto de la droga se hacía más grande en mi sistema. Las manos del desconocido me sujetan fuerte pegándome a su cuerpo. No sabía qué hacer en estos momentos, mi cuero estaba estático ante la proximidad.

—Cuidado, preciosa—Intento alejarme, pero no tengo fuerza en las manos.

—Bueno, es un gusto conocerte… ¿Qué te parece si te acompaño? Déjame ser un caballero y acompañarte a tu habitación.

Quiero negarme, pero no estaba en condiciones para llegar sola a mi habitación. Tampoco deseaba arruinar la celebración, seguro mi jefe se va a enojar como hace con todo lo que lo rodea y no sale como planea.

—Está bien, —Siento sus manos alrededor.

Mi equilibrio es poco, así que me balanceo un poco, pero las manos se mantienen fuerte. Doy un paso tras otro, intentando mantener todo mi cuerpo firme, escucho una risa detrás, perteneciente al hombre que me ayuda. No tengo fuerzas ni para discutir en estos momentos.

—¿En que habitación te quedas?

Oh.

Ni siquiera recuerdo en que habitación me quedado o si al menos, nos estamos hospedando en el hotel. No sabia que decir, así que guarde silencio mientras llegábamos al ascensor. Las puertas se abrieron de golpe.

—¿Dónde vamos? —pregunto mientras entramos al ascensor.

—Iremos a la habitación para que descanses.

Asiento.

Descansar.

Eso se escuchaba tan bien. Me pego al cuerpo del desconocido, mientras mi respiración se vuelve más irregular y siento un calor abrazador rodearme poco a poco que empeora mi estado. La ropa estorba y quiero arrancármela, levanto la mano sin cuidado intento sacarme el vestido, pero me lo impide.

Me quejo.

Remuevo la mano intentando soltarme, pero soy incapaz.

—Quieta, no queremos que nadie nos vea.

Me remuevo.

—Calor, tengo calor—Vuelvo a intentarlo, pero vuelven a agarrarme fuerte.

—¿Qué tenia tu bebida? ¿Qué le echaste adentro? Respóndeme, Natasha.

Mi cabeza se fue de lado y proteste. Cerré mis ojos y me restregué contra su cuerpo. El sonido del ascensor me hizo abrir de nuevo los ojos, la respiración agitada me golpeo sintiendo el empujón.

—No se…

—¿Segura? —Niego.

—Calor, tengo mucho calor.

—Si, puedo sentirlo.

Se detiene frente a una puerta, saca una tarjeta y un clic llama mi atención, pero ninguno se mueve. Ni siquiera hago el intento para ingresar por mi cuenta, solo espero y escucho todo a mi alrededor. El pasillo se encuentra en silencio, su respiración pesada choca con la mía y el calor de mi cuerpo no disminuye.

—¿Por qué no entras? —digo, aunque yo tampoco me muevo.

Una sensación extraña me invade.

—¿Qué querías lograr con esa bebida? —la pregunta es firme.

Su voz es gruesa, oscura. Ni yo misma sabia esa respuesta o tal vez sí, pero me negaba a decirla en estos momentos.

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