No me gustaba en absoluto la idea de dejarla sola con mi familia, en la casa, y mucho menos en un momento como este, donde todo parecía pender de un hilo invisible que solo yo podía sentir. Sin embargo, me vi obligado a hacerlo. Mi padre, con esa autoridad silenciosa que siempre ha sabido imponer, aseguró que él no podía encargarse de aquel asunto, que era demasiado complejo, que requería de mi presencia inmediata. Y, sinceramente, no lograba entenderlo. ¿Qué tan complicado podía ser determinar una cifra exacta para vender una colección a Hawái? Era un negocio más, una negociación como tantas otras. Nada que justificara arrancarme de su lado justo ahora.
Y aun así, ahí estaba yo, sentado en ese despacho frío, rodeado de papeles que no me interesaban, fingiendo concentración mientras mi mente estaba en cualquier otro lugar menos allí. Porque lo único en lo que podía pensar era en ella. En Natasha. En mi esposa.
Solté un suspiro largo, cansado, y dejé que mi mirada se perdiera en la pantalla del computador, donde había abierto una carpeta llena de fotos nuestras. Las recorrí una a una, como si cada imagen fuera una forma de acortar la distancia entre nosotros. Ahí estaba ella, radiante, durante la presentación del proyecto; su sonrisa llena de orgullo cuando le entregaron el premio; y luego… nuestra boda. No pude evitar detenerme en esa última.
No podía creer que una mujer así… fuera mi esposa.
Impresionantemente bella no le hacía justicia. Había algo en ella que iba más allá de lo físico, algo que atrapaba, que envolvía, que hacía imposible apartar la mirada. Algo que me hacía sentir, cada vez que la veía, como si no fuera suficiente para ella.
Y aun así… la tenía.
El sonido de la puerta abriéndose interrumpió mis pensamientos de golpe. Levanté la mirada con cierta molestia, esperando ver a algún asistente o a uno de los empleados con más documentos inútiles. Pero no.
Fruncí el ceño al instante.
—¿Qué hace ella acá? —pensé, sintiendo cómo la incomodidad me recorría el cuerpo.
Cerró la puerta con una seguridad que me irritó más de lo que debería y caminó hacia mí como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí.
—Hola, Mario, mi tío me contó que venías —dijo con una sonrisa que me resultó completamente fuera de lugar.
Endurecí el rostro de inmediato.
—Tú viniste corriendo para acá —respondí con tono cortante, sin molestarme en disimular mi desagrado. No podía creer que mi padre le hubiera informado. No en este momento. No a ella.
—Claro —contestó con ligereza—, recuerda que tú y yo nos vamos a casar.
Sentí cómo algo en mi interior se tensaba.
¿En serio?
¿Todavía seguía con eso?
—Si no recuerdas, yo ya estoy casado —dije, levantando ligeramente la mano para mostrar el anillo—. Mira mi dedo. Soy un hombre casado.
Ella soltó una risa burlona, como si lo que acababa de decir fuera un chiste.
—¿Tú en serio piensas que mi tío te dejará casado con ella? —respondió, inclinando ligeramente la cabeza—. Mira, te diré una cosa… tú ni siquiera sabes si tu esposa está en la casa o si sigue viva.
Mi mandíbula se tensó al instante.
Eso no era un comentario.
Era una amenaza.
—Mi esposa está de maravilla —repliqué sin dudar, aunque en el fondo una pequeña punzada de inquietud intentó abrirse paso—. Acabo de hablar con ella y me dijo que se encuentra perfectamente.
Era mentira.
Una mentira necesaria.
Pero funcionó.
Su expresión cambió de inmediato, endureciéndose, perdiendo esa falsa seguridad que tanto me molestaba. Sin decir nada más, giró sobre sus talones y salió del despacho con evidente furia, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
El silencio volvió a llenar el espacio.
Me dejé caer ligeramente en la silla, pasando una mano por mi rostro.
Sabía que Natasha estaba bien.
Tenía que estarlo.
Si algo hubiera pasado, alguien ya me habría llamado. Mi madre, algún empleado, cualquiera. No había razón para preocuparse. No debía dejar que ese comentario sembrara dudas en mi cabeza.
Mi amada esposa estaba bien.
Ahora mismo, probablemente estaría sentada, concentrada en sus diseños, trazando líneas con esa delicadeza que tanto la caracterizaba. O tal vez estaría con su madre, riendo suavemente como siempre hacía. Incluso podía imaginarla recostada en la cama, viendo televisión, completamente ajena al caos que parecía rodearme.
Cerré los ojos por un momento, aferrándome a esa imagen.
Ella era una gran mujer.
Demasiado para mí.
Mucho más de lo que yo merecía.
Y aun así… no podía dejarla ir.
Tal vez era egoísmo. Probablemente lo era. Pero no me importaba. Podían decir lo que quisieran, podían presionarme, amenazarme, incluso encerrarme si eso era lo que pretendían…
Preferiría mil veces perder mi libertad antes que perderla a ella.
Porque si algo tenía claro, más allá de cualquier negocio, de cualquier obligación o de cualquier imposición familiar, era que Natasha no era solo mi esposa.
Era el amor de mi vida.
Y no pensaba renunciar a eso.