Mundo ficciónIniciar sesiónBUENO, tenemos a simón
Simón
Decirlo en voz alta había sido un error.
No por arrepentimiento… sino por cálculo.
Porque yo no era un hombre que se equivocara fácilmente. No daba pasos sin medir las consecuencias, no hablaba sin intención, no actuaba sin un propósito claro. Todo lo que hacía tenía un porqué, incluso lo más cuestionable, incluso lo más… condenable.
Como aquella noche.
Como ella.
Como nosotros.
Le había dicho, sin rodeos, que recordaba perfectamente lo que había pasado en el hotel. No lo adorné, no lo suavicé, no le ofrecí la oportunidad de refugiarse en la ignorancia. Se lo lancé directo, como una verdad que no admite escapatoria. Y por un segundo… solo por un segundo… vi cómo su mundo se quebraba frente a mis ojos.
Fue fascinante.
Cruel.
Pero fascinante.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Sus pupilas se dilataron, su respiración se volvió errática, sus labios se entreabrieron como si quisieran decir algo… pero no pudieran. Y entonces ocurrió.
Se desmayó.
Así, sin más.
—Señorita Hall...
No obtuve respuesta.
Por primera vez en mucho tiempo, algo que no había previsto sucedía frente a mí. Y no me gustó.
Me levanté de inmediato, rodeando el escritorio con rapidez, inclinándome hacia ella mientras la sujetaba por los hombros. Su cuerpo estaba completamente inerte, blando, vulnerable… peligrosamente frágil.
La sacudí con suavidad al principio.
Luego con más insistencia.
Nada.
—Despierta —murmuré, más como una orden que como una súplica.
Detrás de mí, la carcajada de Jackson rompió la tensión como una bofetada.
—La mataste —comentó, divertido, como si aquello fuera un espectáculo.
Giré el rostro lentamente hacia él, clavándole una mirada cargada de advertencia. No dije nada. No era necesario. Jackson me conocía lo suficiente para saber cuándo debía callar… aunque rara vez lo hacía.
Volví mi atención a ella.
A Natalia.
La tomé con cuidado, levantándola entre mis brazos. Era más ligera de lo que imaginaba. Su cabeza cayó suavemente contra mi pecho, su cabello rozando mi mandíbula, dejando un aroma tenue que reconocí demasiado bien.
Maldita sea.
La deposité en el sofá con delicadeza, acomodando su cuerpo como si fuera algo… valioso.
Porque lo era.
Más de lo que debería.
—Le hubieras dicho con más autocontrol —insistió Jackson, acercándose—. Creo que no le sentó muy bien la noticia.
Solté una risa baja, seca.
—¿Autocontrol? —repetí, sin apartar la mirada de su rostro—. Si hubiera tenido autocontrol, nada de esto estaría pasando.
Y era cierto.
Todo esto… era consecuencia directa de mi falta de límites.
De mi obsesión.
De esa necesidad irracional de tener lo que no debía.
Deslicé mis dedos por su mejilla con lentitud, observando cada detalle de su rostro. Incluso inconsciente… seguía siendo hermosa. Su respiración suave, sus labios ligeramente entreabiertos, la tensión que aún quedaba en su ceño como rastro de lo que acababa de escuchar.
Era… perfecta.
Peligrosamente perfecta.
—Bueno, al menos tu padre aceptó cambiarte la esposa —dijo Jackson, cruzándose de brazos—. Pero sigo sin entender por qué ella. ¿Por qué Natalia?
Ah.
La pregunta inevitable.
La única que yo mismo había evitado responder con honestidad.
Porque la respuesta no era lógica.
No era estratégica.
No era digna de alguien como yo.
La miré en silencio durante unos segundos, dejando que mis pensamientos se ordenaran… o al menos lo intentaran.
Sus ojos.
Todo había empezado por sus ojos.
No por su talento. No por su hoja de vida. No por su desempeño.
Por sus ojos.
Ese día, cuando entró por primera vez a mi oficina, no dijo nada extraordinario. No hizo nada brillante. No destacó como diseñadora. De hecho, era mediocre en eso.
Pero me miró.
Y en ese instante… supe que iba a quedarse.
No porque fuera la mejor opción.
Sino porque yo lo decidí.
Porque algo en su forma de sostener la mirada, de no agachar la cabeza como el resto, de desafiar sin darse cuenta… me irritó.
Y me atrapó.
Lo suficiente como para despedir mentalmente a otra mujer.
Lo suficiente como para terminar cinco años de relación sin titubear.
Lo suficiente como para arruinarlo todo.
—Es simplemente perfecta —respondí finalmente, con una calma que no sentía del todo.
Jackson soltó una risa incrédula.
—Estás enfermo.
No lo negué.
Porque tal vez lo estaba.
Tal vez lo había estado desde el momento en que decidí no darle el puesto que merecía… solo para tenerla cerca.
Desde el momento en que la convertí en mi secretaria… sabiendo perfectamente que no era su lugar.
Desde el momento en que empecé a observarla más de lo necesario.
A pensar en ella más de lo conveniente.
A desearla más de lo permitido.
—¿Y tu hermano? —preguntó Jackson de pronto.
Fruncí el ceño levemente.
Mi hermano.
Otra variable fuera de control.
—Creo que se casó —respondí con indiferencia.
—¿Qué? ¿Con quién?
Me encogí de hombros, sin darle demasiada importancia.
—No lo sé. Pregúntale a mi hermana. Ella siempre sabe más que yo —murmuré, sin interés real—. Ahora mismo tengo asuntos más importantes.
Como la mujer inconsciente frente a mí.
Como el hecho de que, en cuestión de días, debía convertir esto en algo oficial.
Irreversible.
—Estoy esperando que Natalia acepte —añadí, con un tono más bajo, más peligroso—. Después de eso… todo se acomodará.
Jackson negó con la cabeza, divertido.
—Suerte con eso. No parece el tipo de mujer que acepta fácilmente.
Sonreí.
Lentamente.
Con una seguridad que rozaba lo inquietante.
—Todas las personas aceptan… cuando no tienen otra opción.
El silencio que siguió fue denso.
Pesado.
Real.
Jackson me observó unos segundos más, como si intentara descifrar hasta qué punto hablaba en serio.
Probablemente no quería saber la respuesta.
—Voy a traer algo para despertarla —dijo finalmente, girándose hacia la puerta—. Aunque creo que lo que necesita no es alcohol… sino terapia.
No respondí.
La puerta se cerró tras él, dejándome solo con ella.
Con Natalia.
El silencio en la oficina cambió de naturaleza. Ya no era incómodo… era íntimo. Denso. Casi eléctrico.
Me acerqué un poco más, inclinándome hacia su rostro.
—No fue casualidad —murmuré, aunque sabía que no podía oírme—. Nada de esto lo es.
Mi mirada recorrió su rostro con una intensidad que no intenté ocultar.
—Tú entraste a mi vida… y lo arruinaste todo.
Pero no había reproche en mis palabras.
Solo… certeza.
—Y ahora —continué, deslizando mi mano hasta su mentón, obligándome a no apretar más de la cuenta—… voy a asegurarme de que no salgas de ella.
Porque eso era lo que ella no entendía.
Lo que nadie entendía.
Esto no era una propuesta.
No era una opción.
Era una decisión.
La mía.
Y cuando yo decidía algo… no había vuelta atrás.
—Mi Natalia… —susurré, con una calma que contrastaba peligrosamente con lo que significaban esas palabras—. Aunque no lo sepas todavía… ya eres mía.
Y esta vez…
No pensaba soltarla.







