Mundo ficciónIniciar sesiónAquí tienes el capítulo mejorado: más tenso, más oscuro, con una conversación mucho más amenazante y Natasha claramente acorralada. Mantengo la sensualidad, pero sin hacerlo explícito, y refuerzo el poder psicológico de Simón 👇
Natasha
Un olor fuerte invadió mis sentidos antes incluso de que pudiera abrir los ojos por completo. Era penetrante, seco… alcohol. Fruncí levemente el ceño, confundida, mientras mi mente intentaba reconstruir qué había pasado, por qué estaba ahí, por qué todo me daba vueltas.
Abrí los ojos lentamente.
Y lo primero que vi fue a él.
Simón Seymour.
Su mirada fija en mí, intensa, impenetrable… como si hubiera estado observándome desde hacía rato, esperando ese preciso momento en el que despertara para volver a atraparme.
Entonces lo recordé.
Todo.
Sus palabras.
Su propuesta.
Mi estómago se contrajo con violencia.
Me incorporé de golpe en el sofá, respirando más rápido de lo normal, como si el aire se hubiera vuelto insuficiente de repente. A unos metros, su cuñado estaba recostado, absorto en su teléfono, completamente ajeno… o fingiendo estarlo.
Intenté ponerme de pie.
Error.
No avancé ni un paso.
Su mano se cerró alrededor de mi brazo con firmeza, deteniéndome sin esfuerzo.
—Señorita —dijo, con esa voz baja, controlada… peligrosa.
Tragué saliva.
—Señor Seymour… déjeme ir —logré decir, apenas, con un hilo de voz que ni siquiera sonó convincente para mí.
Él no se movió.
No aflojó el agarre.
Al contrario… lo sostuvo con más seguridad.
—No —respondió con absoluta calma—. Primero acepta lo que te pedí… y luego te suelto.
El silencio que siguió fue asfixiante.
Mi mente empezó a correr en todas direcciones al mismo tiempo.
Casarme con él.
Mi jefe.
Ese hombre.
No tenía sentido. No era lógico. No era normal.
—Señor… yo… yo siento mucho lo del hotel… yo estaba borracha y…
—Yo no lo lamento, Natasha —me interrumpió, cortante, sin elevar la voz, pero con una firmeza que me hizo callar al instante—. Y ese no es el punto.
Su mirada descendió brevemente a mis labios antes de volver a mis ojos, como si analizara cada reacción.
—En parte sí lo es… pero no para lo que me interesa ahora.
Mi respiración se volvió más pesada.
—Si aceptas… triplico tu sueldo.
Lo dijo como si fuera algo simple.
Como si pudiera comprar la situación.
Como si pudiera comprarme a mí.
Sentí un nudo en el pecho.
¿Triplicarlo?
Mi cabeza intentó hacer cuentas, encontrar lógica, encontrar una salida… pero todo estaba envuelto en una sensación incómoda, sofocante.
—Señor…
—No he terminado —continuó, sin soltarme—. Subes de puesto, tendrás personal a tu cargo, no volverás a preocuparte por dinero… y tendrás estabilidad.
Cada palabra era medida.
Cada promesa… calculada.
Pero no era ayuda.
Era presión.
—Debo pensarlo —dije finalmente, bajando la mirada, intentando recuperar algo de control.
Porque si lo miraba más… sentía que iba a ceder.
Y no podía.
No debía.
Un matrimonio así… no podía terminar bien. No con él. No con esa intensidad. No con esa forma de imponer.
Podía tener amantes. Podía humillarme. Podía destruirme sin siquiera intentarlo.
Y peor aún…
Mi mente traicionera volvió a ese recuerdo borroso del hotel. A su cercanía. A su voz.
Un calor incómodo recorrió mi cuerpo.
No.
No podía permitir eso.
—Necesito la respuesta ahora —dijo, más bajo esta vez, más cerca—. No después.
Levanté la mirada.
Y lo vi.
Más serio.
Más frío.
Más decidido.
—Entonces es un no —respondí, reuniendo todo el valor que me quedaba.
El silencio se volvió aún más denso.
Pesado.
Peligroso.
A unos metros, Jackson se levantó con una sonrisa apenas contenida.
—Yo me retiro, mi esposa me necesita… nos vemos esta noche —comentó, caminando hacia la puerta.
—Está bien —murmuró Simón, sin apartar la mirada de mí.
La puerta se cerró.
Y entonces…
Quedé sola con él.
Mi pulso se aceleró de inmediato.
Quería irme.
Salir corriendo.
Pero mi cuerpo no reaccionaba.
Su mirada me mantenía en el sitio, como si cualquier movimiento en falso pudiera empeorar todo.
—Entonces… la obligaré a aceptar —dijo finalmente.
No tuve tiempo de responder.
No tuve tiempo de pensar.
Su mano subió a mi nuca y, en un movimiento rápido y decidido, sus labios encontraron los míos.
Fue un beso firme.
Dominante.
No pidió permiso.
No lo necesitaba.
Mi cuerpo se tensó al instante, completamente rígido, atrapado entre la sorpresa y algo más peligroso: la reacción involuntaria de mi propia piel.
Quise apartarme.
Pero no lo hice.
No pude.
Porque él no me dio espacio.
Porque su cercanía era abrumadora.
Porque su presencia lo llenaba todo.
Sentí cómo me empujaba suavemente hacia atrás hasta que mi espalda tocó el sofá. Su peso sobre mí no era completo… pero sí suficiente para hacerme consciente de la diferencia entre nosotros.
De su control.
De mi falta de él.
Sus manos recorrieron mis brazos, mi cintura… sin prisa, sin urgencia, pero con una seguridad que me erizó la piel.
Cuando el beso se rompió, el aire me faltó.
Literalmente.
Lo miré.
Sus ojos habían cambiado.
Más oscuros.
Más intensos.
Más peligrosos.
—Acepte, señorita —murmuró, con la voz más grave, más baja… rozando algo que no debía.
Negué con la cabeza, intentando mantenerme firme, aunque mi respiración me traicionaba.
—No.
Un segundo de silencio.
Solo uno.
Y fue suficiente para que algo en su expresión se endureciera.
Se inclinó ligeramente, acercándose a mi oído, su voz apenas un susurro… pero cargado de intención.
—Entonces cruza los dedos… para que nadie entre.
Mi cuerpo se quedó completamente inmóvil.
—¿Te imaginas qué pensarían si te ven así? —continuó, con una calma que helaba la sangre—. La secretaria… en el sofá de su jefe… en horario laboral.
Sentí el golpe de sus palabras.
No era una sugerencia.
Era una advertencia.
Una amenaza disfrazada.
—Tu reputación no sobreviviría a eso, Natasha —añadió, rozando apenas mi oído—. Y tú lo sabes.
Cerré los ojos un segundo.
Solo un segundo.
Porque entendí.
No se trataba de una propuesta.
No se trataba de un acuerdo.
Era una trampa.
Y yo…
Estaba justo en el centro de ella.







