No se escuchaba nada. No era un silencio común, de esos que descansan el ambiente, sino uno denso, casi viscoso, como si el aire mismo se hubiera vuelto pesado y observara. Un silencio que no solo se oía, sino que se sentía adherido a la piel.
Simón se separó de mí con una calma que no coincidía con la intensidad del momento anterior. Sus manos, aún tibias, me ayudaron a incorporarme y a sentarme en el sillón, como si acomodara una pieza recién adquirida. Yo obedecí sin protestar, con el pulso d