SEGUNDO ERROR

Había pasado exactamente una semana desde aquella noche que, cada vez que la recordaba, lograba hacer que mi estómago se encogiera en una mezcla peligrosa entre vergüenza… y algo más difícil de admitir. No podía llamarla desastrosa, porque mentiría descaradamente si dijera que lo fue; pero tampoco podía decir que había sido completamente normal. Fue… intensa, confusa, imprudente. Y sí, vergonzosa.

Podía culpar al alcohol, claro. Era lo más fácil. Lo más conveniente. Pero la realidad era que el problema no era lo que había pasado, sino con quién había pasado.

Mi jefe.

Desde entonces, él no había mencionado absolutamente nada. Ni una palabra, ni una insinuación, ni una mirada que delatara que recordaba algo. Nada. Como si aquella noche simplemente no hubiera existido. Como si yo hubiera sido un error que decidió borrar con elegancia.

Y eso, curiosamente… me molestaba más de lo que debería.

Porque mientras él actuaba como si nada, yo tenía que hacer malabares emocionales cada vez que entraba a su oficina. Me costaba mirarlo a los ojos sin que mi mente traicionera reprodujera fragmentos borrosos, sensaciones, su cercanía… su voz. Así que hacía lo único que podía hacer: cumplir con mi trabajo lo más rápido posible y salir de ahí antes de que mi dignidad decidiera abandonarme definitivamente.

Nunca funcionaba del todo.

El teléfono sonó, rompiendo el hilo de mis pensamientos, y lo tomé casi como un salvavidas.

—Oficina del señor Seymour —respondí automáticamente, con ese tono profesional que ya salía sin esfuerzo.

Por dentro, sin embargo, estaba preparada para cualquier cosa. Menos para eso.

—Buenas tardes, señorita.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un escalofrío me recorrió la espalda al reconocer su voz al otro lado de la línea. Era grave, firme… demasiado familiar.

—Buenas tardes, señor —respondí, esforzándome por mantener la compostura, aunque mi pulso se aceleraba sin permiso.

—Señorita Hall, a mi oficina en este momento.

Y colgó.

Sin despedirse. Sin darme tiempo de responder. Sin darme margen para huir.

Me quedé unos segundos mirando el teléfono, como si esperara que volviera a sonar y dijera “era broma”. No lo hizo.

Respiré hondo.

No tenía opción.

Me levanté con una calma que definitivamente no sentía. Al girar la mirada, vi a Nicole concentrada en sus documentos, ajena al drama interno que yo estaba protagonizando, mientras Lesley hablaba animadamente por teléfono, como si el mundo fuera un lugar sencillo y sin jefes peligrosos.

Ojalá.

Caminé hasta la puerta de su oficina, sintiendo cada paso más pesado que el anterior. Toqué con suavidad.

—Adelante.

Abrí.

Y ahí estaba.

Simón Seymour.

Serio. Impecable. Imponente.

Su mirada se posó en mí de inmediato, penetrante, analítica… peligrosa. Y, como si eso no fuera suficiente, su cuñado también estaba ahí, observando en silencio, como testigo incómodo de algo que claramente no entendía.

—Cierre la puerta y siéntese —ordenó.

Obedecí.

Porque cuando él hablaba así, no era una sugerencia.

Me senté frente a él, cruzando las manos sobre mi regazo para evitar que notara el leve temblor en mis dedos.

—Dígame, señor, ¿qué necesita?

Por favor, que no sea eso.

Por favor.

—Señorita Hall, usted cuando vino a solicitar trabajo pidió el puesto de diseñadora, pero no lo obtuvo. En cambio, consiguió el de secretaria. ¿Sabe por qué?

Ah.

Así que íbamos por ahí.

—Porque usted me negó el trabajo —respondí, en voz baja, pero firme.

Él asintió ligeramente.

—Exacto. Pero, ¿sabe usted el motivo por el cual lo hice?

Claro que tenía ideas. Ninguna agradable.

—No.

—Porque usted tenía más capacidades como secretaria que como diseñadora.

Sentí el golpe. Directo.

—¿Cómo puede saber eso si nunca me dio la oportunidad de demostrarlo? —cuestioné, sin poder evitarlo.

—Precisamente —respondió, inclinándose apenas hacia adelante—. Porque alguien con verdadera vocación no habla de “poder hacerlo”. Simplemente lo hace.

Me quedé en silencio.

Porque, en el fondo… dolía más cuando tenía razón.

—Tal vez tenga un poco de razón —admití, bajando la mirada.

El silencio que siguió fue breve… pero denso.

Y entonces, sin previo aviso, soltó la bomba.

—Si no quiere que encuentre un motivo para despedirla… deberá casarse conmigo.

Parpadeé.

Una vez.

Dos.

Y luego… me reí.

No pude evitarlo. La risa salió sola, incrédula, nerviosa, completamente fuera de lugar.

Porque aquello tenía que ser una broma.

Una muy mala.

—¿Qué le parece gracioso? —preguntó, con una mirada que helaba la sangre.

Mi risa murió al instante.

—Su absurda propuesta —respondí, sin medir del todo las consecuencias.

Error.

Grave error.

Su expresión se endureció, volviéndose aún más fría.

—No es absurda, señorita. Es una solución. Si no quiere convertirse en una desempleada más… ya sabe qué hacer.

El aire se volvió pesado.

Irrespirable.

—Señor… no entiendo —murmuré, sintiendo cómo mi mente empezaba a desordenarse peligrosamente.

Y entonces lo dijo.

Sin rodeos.

Sin suavizarlo.

—Recuerde lo que pasó en el hotel hace una semana. Dije que nos veríamos pronto.

El mundo se detuvo.

Mis ojos se abrieron de golpe, mi respiración se volvió errática y todo dentro de mí se desmoronó en cuestión de segundos.

Ahí estaba.

La confirmación.

La verdad que había estado evitando.

Mi peor sospecha hecha realidad.

El recuerdo, la vergüenza, la implicación… todo me cayó encima al mismo tiempo, demasiado fuerte, demasiado rápido.

—Señorita Hall…

Su voz se volvió lejana.

Distante.

Mi cuerpo dejó de responder, la habitación empezó a girar y lo último que sentí fue cómo todo se volvía oscuro.

Y luego…

Nada.

 

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