Estábamos celebrando el triunfo de la señorita Rincón, y aunque las luces, la música y el murmullo constante del lugar intentaban envolverme en ese ambiente festivo, no podía evitar sentir que esa victoria también podría haber sido mía. Lo pensé mientras sostenía mi vaso, observando cómo ella sonreía rodeada de felicitaciones, como si todo el esfuerzo del mundo se hubiera alineado perfectamente a su favor. Yo también había trabajado duro, yo también lo merecía, pero mi jefe había tomado otra decisión. Siempre lo hacía. Frío, calculador, como si las personas no fueran más que piezas reemplazables en su tablero. Prefirió relegarme al puesto de secretaria, como si mi talento no fuera suficiente, como si mi voz no importara.Y aun así, ahí estaba yo, celebrando algo que me dolía.Tomé otro sorbo, más largo esta vez, dejando que el líquido descendiera por mi garganta con un leve ardor que, por un instante, logró distraerme. No me gustaba ese lugar, ni la gente, ni la forma en que él maneja
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