Las calles empedradas de Florencia resonaban bajo las botas de Elías. El aire de la noche que se acercaba, gélido y cargado de la historia de siglos, no enfriaba la furia que le hervía en el pecho. La desesperación se había transformado en una máquina de precisión, cada movimiento calculado. No había espacio para la introspección, solo para la caza. Sus hombres se movían en silencio, fantasmas entre los turistas y los locales, rastreando cada rincón de la ciudad. Elías no dejaba de moverse, su