Mundo ficciónIniciar sesiónEl mundo de Farah se inclinaba en ángulos imposibles. El olor a lluvia, a whisky y a ese perfume costoso de Alaric se mezcló en su mente, creando un cóctel peligroso de desorientación. Al levantar la vista y enfocar aquellos ojos grises, una risa amarga y pastosa escapó de sus labios.
—¿Eres tú? Qué casualidad... —balbuceó, apoyando una mano en el pecho de él para no caer—. ¿Por qué me has seguido hasta aquí? Ah, ya sé... ustedes los hombres... ninguno es bueno. Todos ponen precio a las personas.
Alaric la sujetó por los codos con una firmeza que quemaba. Su rostro era una máscara de control, pero sus ojos recorrieron el desastre emocional de Farah con una intensidad nueva.
—Estás ebria, Farah. Mi asistente te llevará a casa. Dame tu dirección —ordenó con esa voz que no aceptaba réplicas.
—¡No! —gritó ella, apartándose con un movimiento torpe—. No tengo a dónde ir. Mi casa ya no es mía, mis diez años ya no son míos... Solo quiero beber. Bebe conmigo, Alaric. Tú pareces alguien que sabe lo que es tenerlo todo y no tener nada.
Alaric guardó silencio un segundo. Miró a su asistente y, con un ligero movimiento de cabeza, dio una orden muda. En minutos, la música estruendosa del bar bajó hasta convertirse en un susurro de jazz melancólico. El local quedó casi vacío, sumido en una penumbra dorada.
Se sentaron. Farah bebía y hablaba, una catarata de palabras rotas sobre Elian, sobre los sacrificios, sobre cómo había vendido su futuro por un hombre que la engañaba en el apartamento que ella misma había pagado.
Alaric escuchaba, su mirada fija en los labios de ella mientras bebía un trago corto.
— Tienes razón, ese tipo no vale la pena. — Soltaba secamente, de vez en cuando.
—Eres muy guapo... —soltó ella de repente, cortando su propio llanto—. Mucho más que en las fotos del muro de la facultad.
Sintió un repentino vacío en el estómago y, antes de que pudiera sujetarse de la mesa, sus fuerzas la abandonaron por completo. Sus párpados pesaron como el plomo y su cuerpo, vencido por el agotamiento emocional y el exceso de alcohol, se debilitó hasta desplomarse.
No llegó al suelo. Alaric, con reflejos de acero, se movió antes de que ella cayera, atrapándola entre sus brazos. El cuerpo de Farah quedó inerte sobre el pecho de él, su rostro escondido en el hueco de su cuello.
Alaric se quedó rígido por un instante. Podía sentir el calor de la piel de ella a través de su camisa de seda y el ritmo errático de su respiración contra su garganta. Fue un contacto involuntario, pero cargado de una intimidad que lo hizo tensar la mandíbula. Miró el rostro pálido de Farah, tan vulnerable y ajena al poder que él ejercía sobre el mundo, y una protección posesiva, casi oscura, se instaló en sus ojos grises.
—Estás fuera de control, Farah —susurró él, aunque ella ya no podía oírlo.
Sin dudarlo, la levantó en vilo, acomodándola contra su cuerpo con una facilidad que demostraba su fuerza.
—Estás borracha —dijo él, aunque su respiración se había vuelto errática, entonces decidió sacarla de aquel lugar.
El trayecto en el coche fue un borrón de luces de neón y lluvia golpeando el cristal. Farah se apoyó en el hombro de Alaric, buscando su calor.
—¿Por qué no puedo conservar nada...? —murmuró contra su cuello. La nuez de Adán de Alaric se movió con un nerviosismo que él nunca permitía que nadie viera.
En el ascensor del edificio de él, la tensión estalló. Farah se colgó de su cuello, obligándolo a mirarla.
—Tus ojos son hermosos —susurró, rozando su nariz con la de él. Alaric desvió la mirada, luchando contra un autocontrol que se desmoronaba por segundos. Al entrar al ático, ella no lo dejó avanzar. De pronto, la imagen de la mujer rica con la que estaba Elian cruzó por su mente. Recordó cómo se sentía ella misma: pequeña, reemplazable, humillada tras diez años de entrega. La rabia, el alcohol y un deseo repentino de ser valorada por alguien que realmente estuviera a su altura la impulsaron. Necesitaba demostrarse que un hombre como Alaric podía desearla.
Se colgó de su cuello, obligándolo a bajar la vista, y se inclinó para besarlo.
Fue un beso desesperado, con sabor a alcohol y a la sal de sus propias lágrimas. No hubo delicadeza; fue un choque de labios cargado de resentimiento y hambre.
Él la sujetó por las muñecas, inmovilizándola contra la puerta, su cuerpo presionando el de ella con una fuerza posesiva.
—Mírame —ordenó él, con la voz rota—. ¿Sabes quién soy? ¿O solo estás buscando borrar a otro hombre? — Farah lo miró a los ojos, reconociendo la tormenta de deseo que él intentaba ocultar.
—Alaric —dijo ella con una claridad que lo desarmó—. Eres Alaric.
Esa sola palabra, pronunciada con su voz quebrada pero segura, fue el fin de su resistencia. Alaric cerró los ojos y soltó un suspiro derrotado que se convirtió en un gruñido contra sus labios. Ya no hubo espacio para la caballerosidad ni para las dudas. La tomó por los muslos, elevándola del suelo con una fuerza que hizo que Farah soltara un grito ahogado de sorpresa y deseo, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura.
No caminó hacia la habitación; la llevó contra la pared, recorriendo el pasillo a oscuras mientras sus besos se volvían más hambrientos, marcando su cuello, sus hombros y la curva de su clavícula con una urgencia que rozaba lo salvaje.
Farah sentía el roce del traje caro de Alaric contra su piel desnuda mientras él, con una destreza que la dejaba sin aliento, se deshacía de las prendas que los separaban.
Al llegar a la suite principal, la luz de la luna bañaba la enorme cama de seda negra. Alaric la depositó sobre el colchón con una delicadeza que contrastaba con el fuego de su mirada. Se tomó un segundo para observarla, sus ojos grises recorriendo cada línea de su cuerpo con una devoción casi religiosa.
—Eres perfecta —susurró él, con la voz tan ronca que apenas era un eco—. Más de lo que mis artículos o esas fotos en la universidad podrían describir.
Él la guio en una danza de caricias lentas y profundas. Sus manos, grandes y seguras, adoraron cada rincón de su anatomía, deteniéndose en los lugares que la hacían arquear la espalda y suplicar por más.
Farah se sentía al límite, suspendida en un abismo de sensaciones que nunca había experimentado. Con Elian todo había sido rutina y tibieza; con Alaric, era un incendio forestal.
Ella enterró sus dedos en el cabello oscuro de él, tirando ligeramente para traerlo de vuelta a sus labios. Cuando finalmente se unieron, el tiempo pareció detenerse en el ático. Fue una entrega violenta en su necesidad y tierna en su ejecución. Alaric la reclamaba con cada movimiento, como si estuviera grabando su nombre en el alma de ella, mientras Farah se perdía en la intensidad de aquel hombre que la tomaba como si fuera el tesoro más preciado y prohibido del mundo.
La luz de la mañana se filtró por los ventanales del ático, hiriendo los ojos de Farah. El dolor de cabeza era una pulsación rítmica que la hacía querer gritar. Al girarse, el horror la paralizó ¡Alaric dormía a su lado!, con el torso desnudo y el rostro relajado.
Los recuerdos de la noche anterior la golpearon como ráfagas de ametralladora el bar, sus confesiones patéticas, el ascensor... y la intensidad de Alaric sobre ella.
—Dios mío... ¿qué hice? —susurró, sintiendo una vergüenza que la asfixiaba más que la resaca.
Presa del pánico, Farah se deslizó fuera de las sábanas. Sus movimientos eran torpes y apresurados. Encontró su ropa interior esparcida por la alfombra. Caminó de puntillas, conteniendo el aliento cada vez que el suelo crujía.
Encontró un gemelo de oro en el suelo, pero lo dejó caer como si quemara. Recogió sus zapatos y, sin mirar atrás, huyó del ático en un silencio sepulcral, sintiéndose la persona más miserable del mundo.
Media hora después, Alaric abrió los ojos. Estiró la mano buscando el calor de Farah, pero solo encontró sábanas frías. Se incorporó, sintiendo una punzada de abandono que no había experimentado en años. Recordó la noche; para él no había sido solo sexo de borrachera. Había sido la mejor noche de su vida, una conexión que iba más allá de lo físico.
Sentirse abandonado por ella lo hizo sentir traicionado, usado.
Su teléfono vibró en la mesita de noche. Era su asistente.
—Señor... tiene que revisar los titulares. Ahora mismo.
Alaric desbloqueó el móvil. En la portada de todos los portales de noticias aparecían fotos de ellos dos saliendo del bar, ella apoyada en él, él mirándola con una ternura evidente.
"EL CEO DE CAPITAL XX EN UNA CITA NOCTURNA CON UNA MISTERIOSA MUJER"
Alaric apretó el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos, ¿Quién es esta vez el que lo ha fotografiado y seguido a escondidas?







