Capítulo 2: Traición, alcohol y algo más.

El silencio que encontró Farah al regresar al salón privado no era un silencio de paz, sino el vacío sordo que deja un naufragio. Las luces de la lámpara de cristal, que antes parecían elegantes, ahora bañaban con una claridad cruel la mesa desordenada. Todos se habían ido. No quedaba rastro de la familia Callwayt ni de Elian, ni de sus promesas, ni de la supuesta celebración. Solo quedaba una carpeta de cuero con la cuenta de las bebidas y los platillos gourmet que ella no había probado.

Sus manos temblaron al dejar su tarjeta de crédito sobre la mesa. Elian ni siquiera se había molestado en cubrir el gasto de una cena donde sus padres la habían despedazado.

Al salir al pasillo, escuchó voces bajas cerca de los ascensores. Eran sus padres. Farah se detuvo tras una columna, con el pecho apretado.

—No podemos permitir esto —decía su padre, con la voz quebrada por la impotencia—. ¿No viste cómo le hablaban, Patricia? Farah es una doctora, es una mujer brillante. Esos estúpidos la tratan como a una empleada doméstica. Prefiero vender lo poco que nos queda antes de verla humillada así.

—¿Y qué vamos a vender, David? —respondió su madre en un susurro desesperado—. ¿Los recuerdos? Si Farah se casa con Elian, al menos tendrá un techo, alguien en quien apoyarse. Elian la conoce de toda la vida... él la cuidará cuando nosotros ya no estemos. Es nuestra única esperanza.

Farah cerró los ojos, sintiendo que una lágrima solitaria le quemaba la mejilla. El peso de ser la única esperanza de sus padres era una losa de cemento sobre sus hombros. Se limpió el rostro rápidamente, forzó una sonrisa marchita y salió al encuentro de ellos.

—Ya está todo pagado —dijo con una voz que intentaba sonar firme—. Papá, mamá, váyanse a casa. Yo... me quedaré un poco más para hablar con Elian. No se preocupen por lo que dijeron sus padres, son solo gente mayor con ideas viejas.

Los despidió con un beso, viendo cómo se alejaban con los hombros hundidos. En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, la sonrisa de Farah se desmoronó.

Bajó al vestíbulo decidida a buscar a Elian, pero al salir a la calle, la lluvia la recibió con un látigo de frío. A pocos metros, bajo el resplandor de una farola, vio una escena que le detuvo el corazón. Elian estaba allí, pero no estaba solo. Una mujer vestida con sedas caras reía mientras se aferraba a su brazo. Elian no la apartaba; al contrario, la miraba con una devoción que nunca le había dedicado a Farah en la última década.

El mundo pareció ralentizarse. Farah detuvo un taxi con un gesto mecánico y, con la voz ronca, le pidió al conductor que siguiera al auto de lujo que acababa de arrancar.

El trayecto fue un descenso al infierno. El auto se detuvo frente a un edificio de apartamentos moderno, de cristales ahumados y seguridad privada. El corazón de Farah dio un vuelco violento, era el edificio donde ella, tras años de ahorrar cada centavo de sus becas y su sueldo de asistente, había pagado el enganche de lo que se suponía sería su hogar matrimonial.

Vio a Elian entrar con la mujer. Vio cómo él ponía su mano en la cintura de ella con una familiaridad asquerosa. Farah bajó del taxi y caminó hasta la puerta del apartamento. Se quedó allí, bajo la lluvia, escuchando las risas que se filtraban desde el interior. Podría haber golpeado la puerta, podría haber gritado, pero la rabia era tan profunda que la había dejado muda. Era una rabia fría, una que le decía que no valía la pena ensuciar sus manos con alguien tan pequeño.

Caminó de regreso. No había taxis a esa hora en esa zona bajo la tormenta. Mientras caminaba, empapada hasta los huesos, su teléfono vibró. Era Elian.

--- Farah, terminemos con todo esto, sabias que esto no era lo que queríamos --- la voz de él sonaba plana, despojada de cualquier rastro de humanidad —. Se terminó. Te devolveré el dinero del enganche del apartamento al precio de mercado actual. No saldrás perdiendo dinero. Por favor, no nos contactemos más. Es lo mejor.

Click.

Diez años de vida se resumieron en una transacción inmobiliaria. Diez años de haber renunciado a becas en el extranjero, de haber trabajado día y noche redactando artículos para un profesor mientras Elian construía su camino sobre los hombros de ella. Cuando su familia era rica, ella lo ayudó; cuando su familia quebró, ella se convirtió en un estorbo que se podía liquidar con una transferencia bancaria.

En ese momento, llegó un mensaje de su madre. 

— Hija, no te preocupes por lo que pasó hoy. Ustedes crecieron juntos, se conocen de siempre. Si lo amas, nosotros te apoyamos en todo. — Farah soltó un grito ahogado que se perdió en el trueno. La ironía era insoportable. Su madre le pedía que luchara por el hombre que acababa de ponerle precio a su ruptura.

La rabia se transformó en un incendio interno. Necesitaba que algo quemara más que la traición. Entró al primer bar que encontró abierto, un lugar oscuro, con olor a whisky y madera vieja.

—Doble —dijo, golpeando la barra—. Una y otra vez.

El alcohol bajó raspando su garganta, pero no fue suficiente. Recordó cómo había pasado noches en vela corrigiendo tesis ajenas para que Elian tuviera una vida cómoda. Recordó cómo él le pidió que no se fuera a Londres porque no podría vivir sin ella

Mentiras. 

Todas eran mentiras diseñadas para mantenerla cerca como una red de seguridad.

Bebió hasta que las luces del bar empezaron a girar. El dolor en su pecho se volvió una presión física, una náusea que la obligó a levantarse. Tenía que salir de allí, el aire estaba viciado, lleno del fantasma de Elian.

Se tambaleó hacia la salida, con la vista borrosa y el pulso acelerado por la mezcla de alcohol y furia. Al cruzar el umbral hacia el pasillo que llevaba a la calle, el mundo dio un vuelco.

Farah no vio quién venía. Solo sintió que perdía el equilibrio y, antes de caer al suelo frío, chocó de frente contra algo sólido. No era una pared. Era un pecho firme, cálido y envuelto en una tela tan fina que sus dedos, al intentar sostenerse, reconocieron el tacto del lujo.

Un aroma familiar, una mezcla de lluvia y una colonia amaderada y costosa, inundó sus sentidos. Unas manos fuertes y grandes la sujetaron por los hombros, impidiendo que se desplomara.

Farah levantó la vista, con los ojos empañados por el llanto y el alcohol, y el aliento se le escapó del cuerpo. Su corazón, que creía roto y muerto hace un minuto, dio un vuelco violento al reconocer las facciones severas y la mirada gris, implacable, que la observaba desde las alturas.

—Tú... —susurró ella, con la voz quebrada por la sorpresa.

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