Nunca se hubiera esperado que una semana despues de la muerte de su marido alguien tocara a su puerta. Ella aún vestìa de negro, solo por apariencia y aún debía fingir tristeza. Abrió la puerta y vió un hombre pequeño, con documentos en la mano y unos anteojos que lo hacían parecer un inquisidor.
- Buenos días señora Ludovi- ese hombre le daba escalofríos, una descarga fría que le recorría el cuello y la espalda
- Señor- lo saludó con una sonrisa suave- en que le puedo ayudar? - Su difunto