Mundo ficciónIniciar sesiónNatalia se enamoró del mejor amigo de su padre: Ricardo Montenegro, un hombre doce años mayor que ella. La primera vez que lo vio, él llevaba un traje impecable. Hombros anchos, cintura marcada… una presencia imponente que se robaba todas las miradas. Ricardo le sonrió, le revolvió el cabello con cariño y le regaló un precioso vestido de princesa. Cuando Natalia cumplió veinte, Ricardo asistió a una recepción y alguien lo drogó. Y ella, envuelta en aquel vestido de princesa, le entregó la pureza de su juventud para salvarlo… convirtiéndose en su único remedio.
Leer másLa prolongada desnutrición y el calvario sufrido habían consumido a Isabela, dejando solo una sombra demacrada de la joven de mejillas sonrosadas que alguna vez fue.Bastó una sola cachetada de Elena para que Isabela se derrumbara en el suelo, incapaz de levantarse.Pero a Elena le pareció un castigo insuficiente. La imagen de su hijo, postrado por culpa de esa mujer, avivó su furia.Incapaz de contenerse, se abalanzó sobre Isabela, la sujetó por el cuello de la ropa y descargó varias cachetadas más sobre su cara.Si los guardias de la prisión no hubieran intervenido al percatarse de la gravedad de la situación, sujetando a Elena, Isabela quizá no habría salido viva de allí ese día.Aunque dos guardias la sujetaban con firmeza, Elena no dejaba de lanzar insultos contra Isabela.—¡Maldita sea, ¿por qué no te pasó a ti lo del accidente?!—¡¿Por qué no fuiste tú la que quedó en coma?!...Al escuchar las palabras cargadas de veneno de Elena, Isabela no pudo evitar sentir la ironía de la s
Recordó cómo antes, cuando Natalia todavía lo quería, había fantaseado con él sobre los hijos que tendrían.Si era niña, la mimaría hasta convertirla en la princesita más feliz del mundo.Si era niño, lo criaría para que fuera tan brillante como Ricardo.Lo decía con un brillo especial en los ojos.Incluso llegó a dibujar cómo se imaginaría a sus futuros hijos.Pero en cuanto se los entregó, él los hizo pedazos y los arrojó a la chimenea.Le espetó con frialdad que podía tener hijos con cualquiera, menos con ella.Y le exigió que dejara de hacerse esas ilusiones vanas.Al recordar aquello, Ricardo sintió una punzada de amargura.Antes era ella quien se aferraba a su brazo mientras le contaba esas fantasías, y ahora era él quien anhelaba tener hijos con ella, quien se aferraba a esos mismos sueños.En ese preciso instante, llamaron a la puerta del despacho.—Señor, el carro ya está listo.Tras escuchar, Ricardo tomó de inmediato el regalo que estaba sobre el escritorio y salió.De camin
Ricardo no tuvo tiempo de esquivar y el golpe de Mateo lo derribó.Era la primera vez que Mateo perdía los estribos de esa manera, y cada puñetazo que descargaba sobre Ricardo era brutal.Si no fuera por el mayordomo que llegó corriendo a detenerlo, ¡probablemente lo habría matado a golpes!Mateo ignoró el dolor punzante en sus propias manos, limitándose a mirar con dureza al hombre que apenas respiraba en el suelo.—¡¿Cuánto tienes que odiar a Natalia para querer destrozarla así, una y otra vez?!—¡¿No te das cuenta de cuánta gente importante estaba hoy en su cumpleaños?! ¡¿Sabes cuántos iban a ver tu dichoso espectáculo de drones?! ¡¿Qué quieres que piensen de ella?!—¡¿No vas a parar hasta que todo el mundo la señale y la insulte?! ¡¿Eso quieres, verdad?!—No, yo no quería…Ricardo intentó levantarse como pudo. Al intentar hablar, una bocanada de sangre brotó de sus labios.Al instante, Mateo le plantó una patada en el pecho.—¡¿Qué no querías qué?! ¡Ricardo, escúchame bien! Si a Na
Consciente de aquel incidente previo, Mateo se aseguró de asignar numerosos guardaespaldas en cada acceso durante la fiesta de cumpleaños que organizaba para Natalia.Temía que, ante el menor descuido, Ricardo irrumpiera sin previo aviso.Sin embargo, para sorpresa de todos, Ricardo no apareció esa vez.Mateo no pudo ocultar su extrañeza al recibir el informe del mayordomo, pero aun así, una inquietud inexplicable persistía en su interior.Así que le indicó al mayordomo que mantuviera la vigilancia.La fiesta de cumpleaños de Natalia fue un acontecimiento extraordinario.Mateo no solo había contratado las principales pantallas publicitarias del Reino Unido para transmitir imágenes durante todo el evento, sino que también había dispuesto un círculo completo de fuegos artificiales alrededor de la mansión.Estaban listos para estallar en el instante en que Natalia soplara las velas de cumpleaños.Además, la mansión entera estaba engalanada con las flores preferidas de Natalia y salpicada
La empleada se apresuró a asentir y dio media vuelta para encargarse de los regalos.Cuando Ricardo se enteró de que los obsequios habían sido devueltos, no mostró reacción alguna, simplemente ordenó que siguieran enviándolos.Justo cuando Mateo pensaba que esos detalles solo llegarían a la residencia Santillán, Ricardo apareció en persona en la fiesta, regalos en mano.Era una recepción organizada por amigos cercanos de la familia Santillán, y también la primera vez que Natalia asistía a un evento social como la señora de Santillán.Su vestido rojo armonizaba a la perfección con el pañuelo del mismo color que adornaba el bolsillo del saco de Mateo.El deslumbrante rubí de veinticinco quilates que lucía en el dedo anular era el regalo que Mateo le había dado por su vigésimo quinto cumpleaños.La joya despertó la envidia de todos los presentes.Desde el instante en que entró del brazo de Mateo, acaparó todas las miradas.Incluida, por supuesto, la de Ricardo, quien observaba desde un ri
Aquella nevada intensa provocó que Ricardo sucumbiera de nuevo a la fiebre alta y al delirio.Al verlo desvariar, repitiendo una y otra vez el nombre de Natalia, su asistente no pudo evitar sentir lástima.Movió cielo, mar y tierra durante la noche, contactando a quien fuera necesario, solo para pedirle a Natalia que fuera a verlo al hospital, aunque fuera un momento.Pero al final, lo único que recibió el asistente fue una grabadora de voz, enviada por un empleado de Mateo.En la quietud de la habitación, Ricardo estaba solo.Observó la grabadora que tenía en la mano durante un largo rato antes de, finalmente, pulsar el botón de reproducción.Tras un instante de estática, la voz de Natalia irrumpió en sus oídos.—Si no fuera por lo que le pasó a Isabela, seguro me habría muerto esperando a que él se disculpara.—Así es la gente, ¿no? Solo se arrepienten cuando se destapa la verdad o cuando ya perdieron las cosas. Pero a mí ya no me sirve de nada el arrepentimiento tardío. Tampoco quie
Último capítulo