Capítulo 4
Natalia ignoró por completo las palabras que Ricardo le había dicho aquel día.

Se limitaba a esperar en silencio que sus trámites se resolvieran cuanto antes para poder marcharse.

Pero Isabela no parecía dispuesta a dejarla en paz. Ese día, con bastante insistencia, la convenció para ir de compras, pero apenas subieron al carro, Natalia perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, se encontró atada al borde de un acantilado frente al mar. A poca distancia, Isabela estaba inmovilizada de la misma forma.

Se retorcía, intentando preguntarle a Isabela por qué había hecho eso, pero la cinta adhesiva que le cubría la boca ahogaba sus palabras, convirtiéndolas en gemidos ininteligibles.

Isabela pareció adivinar su pregunta y esbozó una sonrisa despectiva.

—Natalia, créeme que yo tampoco quería secuestrarte.

—Pero lo que dijo Ricardo el otro día me dejó intranquila. Solo quería… comprobar quién le importa más a él.

Una oleada de desolación invadió a Natalia al escucharla. «¿Probar? ¿Acaso hacía falta? La respuesta siempre ha sido evidente».

Poco después, alertado por los secuestradores, Ricardo llegó a toda prisa, cargando dos pesados maletines.

Arrojó los maletines al suelo frente a ellos y exigió:

—¡Aquí está el dinero! ¡Suéltenlas ya!

Pero los secuestradores, siguiendo las instrucciones previas de Isabela, ni se inmutaron. Uno de ellos dijo con mal humor:

—Señor Montenegro, no crea que hicimos esto por dinero.

La expresión de Ricardo cambió; su tono se tornó cortante.

—¿Qué quieres decir con eso?

El secuestrador posó una mano sobre el hombro de Natalia y otra sobre el de Isabela, mostrando una mueca siniestra.

—Me han dicho que una es la hija de un viejo amigo de su familia y la otra su prometida. Tiene que elegir a quién salvamos. A la otra… bueno, digamos que los tiburones tendrán cena esta noche. ¡Decida!

Dicho esto, el individuo aflojó un poco las cuerdas, haciendo que ambas mujeres se tambalearan peligrosamente al borde del precipicio, a punto de caer al vacío.

Isabela palideció de golpe, su voz temblaba sin control.

—¡Ricardo, ayúdame! ¡No quiero morir, por favor!

La angustia se apoderó de Ricardo.

—¡Isabela, no te muevas!

La elección estaba hecha.

El secuestrador sonrió con satisfacción. Incluso Isabela, que mantenía su estudiada expresión de pánico, respiró aliviada por dentro.

Isabela fingió una mirada de profunda gratitud hacia Ricardo, pero la atención de él se desvió instintivamente hacia Natalia.

Esperaba verla rota, desesperada, pero el rostro de Natalia solo reflejaba una calma desconcertante.

No entendía por qué, pero verla tan serena le provocó un desasosiego inexplicable.

Antes de que pudiera decir algo, sintió un peso sobre él: Isabela, ya liberada, se había lanzado a sus brazos, fingiendo emoción.

Instintivamente, la abrazó con fuerza.

—Isabela…

Pero al instante siguiente, los ojos de Ricardo se abrieron con horror al ver cómo cortaban también la cuerda de Natalia, quien se precipitó directamente hacia el mar.

—¡Splash!—

El agua helada la envolvió por completo. Corrientes invisibles tiraban de Natalia sin descanso, arrastrándola hacia las profundidades.

Natalia intentó nadar hacia la superficie con todas sus fuerzas, pero un agotamiento abrumador comenzó a invadirla.

Sus párpados pesaban cada vez más, hasta que perdió el conocimiento.

...

Cuando Natalia despertó de nuevo, se encontraba en una habitación de hospital. Ricardo estaba sentado junto a su cama.

Sus ojos enrojecidos y la descuidada sombra de barba en su mentón delataban que llevaba varios días allí, velándola.

Pero ella ya no necesitaba su protección.

Se miraron en silencio durante un largo rato.

Finalmente, Natalia rompió el silencio.

—Ricardo, no tienes por qué quedarte aquí. Ve a ver a Isabela, seguro te necesita más que yo.

Quizás sintiendo que había sonado demasiado brusca, añadió:

—Yo puedo cuidarme sola, de verdad.

Ricardo pareció desconcertado. Observó a la joven en la cama con una expresión indescifrable durante unos instantes antes de levantarse y marcharse.

...

El día que Natalia salió del hospital coincidió con el cumpleaños de Isabela.

Era el primer cumpleaños que pasaban juntos como pareja oficial, así que Ricardo no escatimó en gastos para celebrarlo.

Cien mil rosas, traídas expresamente de Francia, adornaban cada rincón del salón, y montañas de regalos costosos se acumulaban sin orden aparente en las esquinas.

Fotografías de la feliz pareja se exhibían por todas partes, desde la entrada hasta el corazón de la fiesta.

Fuegos artificiales iluminaron el cielo, marcando el clímax de la velada. Ricardo, rodeando con firmeza la cintura de Isabela, la guiaba con elegancia por la pista de baile al compás de una melodía suave.

Mientras tanto, en la gran pantalla a sus espaldas, se proyectaba un video con momentos románticos de Ricardo e Isabela.

Justo cuando los invitados suspiraban, conmovidos por las imágenes de la pareja, la pantalla se quedó en negro de golpe.

Segundos después, una sucesión de ingenuas cartas de amor y torpes retratos aparecieron en la pantalla.

El profundo y antiguo amor de Natalia por Ricardo quedaba expuesto sin pudor ante todos los presentes.

Un murmullo de sorpresa y escándalo recorrió el salón.

Natalia miraba la pantalla, con la cara descompuesta por el horror.

«¡Pero si yo misma rompí todo eso! ¿Cómo...? ¿Cómo es posible que estén aquí?».

Quiso correr, apagar la pantalla, detener aquello, pero sus pies parecían soldados al suelo, incapaz de moverse mientras los murmullos acusadores la envolvían, hundiéndola en la humillación.

—Pero bueno, Ricardo está por casarse y esta niña sigue insistiendo… ¡Qué poca dignidad!

—Y justo en el cumpleaños de Isabela. Es una grosería, ¿no crees?

—Pobre Isabela… Ni casándose va a estar tranquila con alguien así detrás de su marido…

Los murmullos finalmente llegaron hasta la pareja en la pista de baile, que se detuvo al volverse hacia la pantalla y ver lo que sucedía.

Isabela se puso pálida. Temblando, clavó la mirada en Natalia.

Con lágrimas en los ojos, se levantó el vestido y salió corriendo del salón.

—¡Isabela!

Ricardo sintió una punzada de preocupación e hizo ademán de seguirla, pero al ver a Natalia, aún inmóvil en su sitio, se detuvo en seco. Su mano se alzó y cruzó la cara de la joven con una cachetada resonante.

—¡Zas!—

Un silencio sepulcral cayó sobre el salón.

—Natalia… Con razón estabas tan calladita últimamente. ¡Así que esto era lo que estabas planeando!

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