Natalia no pudo ocultar su incomodidad.
—No, claro que no.
Ricardo Montenegro se acercó unos pasos, estudiando con atención la manera en que ella evitaba su mirada.
—Ah, ¿no? Sales tempranísimo y regresas tarde, me ves y ni siquiera saludas antes de volverte a ir. Claro que me estás evitando.
—¿Por qué? ¿Solo porque Isabela y yo estamos juntos?
Natalia negó rápidamente.
—¡No es eso! Ricardo, de verdad me da gusto que estés con la persona que amas. Les deseo lo mejor, en serio. Y no te preocupes, ya entendí que tú nunca te vas a fijar en mí, así que ya no voy a insistir. Ya no me gustas.
Expuso los hechos con una calma inesperada, pero la expresión de Ricardo se endureció; esas palabras le resultaron extrañamente molestas.
«Que ya no le gusto a Natalia… es lo más ridículo que he oído.»
—Te me declaraste, te rechacé. Me buscabas todo el tiempo, te rechacé. ¿Y ahora cambias de estrategia para llamar mi atención?
Ricardo no le quitaba los ojos de encima mientras hablaba. Al notar la fugaz sorpresa en la cara de la joven, creyó confirmar sus sospechas.
Se le acercó, invadiendo su espacio personal. Su mirada se detuvo en la caja que Natalia sostenía, y su voz se volvió más dura.
—¿Ya no me quieres? ¿Y todas esas cartas que me escribiste? ¿Y todos los dibujos que me hiciste a escondidas? Después de tantos años de insistir, ¿así nada más dices que se acabó?
—Natalia, ¿no te parece ridículo lo que estás diciendo?
Ella lo miró en silencio.
«Claro que sé que suena ridículo... Es como el cuento de Pedro y el lobo, ¿quién va a creerme ahora? Pero, por más increíble que parezca, es la verdad.»
—Ricardo, sí, me gustaste por mucho tiempo. Pero tú nunca me vas a corresponder, así que ya me rendí.
Dicho esto, Natalia vació el contenido de la caja en el suelo frente a Ricardo.
Luego, tomó las cartas y los bocetos, y uno por uno, los hizo pedazos.
Entre los fragmentos de papel que flotaban alrededor, vio que la expresión de Ricardo, lejos de mostrar alivio, se endurecía todavía más.
Justo cuando Natalia empezaba a dudar si había interpretado bien su gesto, la voz de Ricardo resonó cerca de ella.
—Sigue con tus cuentos, Natalia. Sigue. Pero que te quede claro: hagas lo que hagas, la única persona que me importa es Isabela.
Después de ese día, Natalia y Ricardo no volvieron a dirigirse la palabra.
Ella sentía que no había nada más que decir; él estaba convencido de que era una treta más de ella para manipularlo y decidió ignorarla.
Esa tensión silenciosa se mantuvo hasta la cena familiar en casa de los Montenegro.
Antes, en esas reuniones, Natalia, que era la consentida de los señores Montenegro, siempre había sido el centro de atención.
Todos los Montenegro la rodeaban, preguntándole cómo estaba, llenándola de atenciones, y usualmente era Ricardo quien intervenía para «rescatarla».
Ahora, en cambio, toda la atención de la familia Montenegro estaba puesta en Isabela.
Al fin y al cabo, ella era la futura señora Montenegro, mientras que Natalia no era más que alguien de fuera.
Sabían perfectamente a quién debían darle prioridad.
En el transcurso de esa mañana, Natalia fue testigo del trato preferencial que la familia Montenegro le daba a Isabela.
Apenas Isabela cruzó el umbral, Elena Montenegro le colocó en la muñeca una pulsera de gemas preciosas, una reliquia familiar de los Montenegro.
«Esa pulsera… yo ni siquiera llegué a verla en mi vida pasada.»
Durante la comida, la conversación de los Montenegro giró abiertamente en torno a la fecha de la boda de Ricardo e Isabela.
La reunión familiar concluyó con la decisión final sobre el día del enlace.
Justo cuando Natalia se disponía a irse con Ricardo, Elena Montenegro la detuvo; le dijo que necesitaba hablar con ella en privado.
Apenas entraron al estudio, Elena fue directo al grano.
—Natalia, aléjate de Ricardo.
—Sabes bien que Ricardo e Isabela están juntos. Quedarte aquí solo te sirve para estorbarle y para quedar en ridículo tú misma. ¿O qué más pretendes?
Elena no hizo el menor esfuerzo por ocultar su animadversión hacia Natalia. La joven sintió una punzada de amargura.
Antes, Elena la había querido mucho. Pero ese cariño se evaporó el día que le confesó a Ricardo lo que sentía.
«Todos dijeron que era una locura, me tacharon de descarada…»
Natalia se clavó las uñas en las palmas.
—No se preocupe, señora. Me iré.
Sacó unos documentos de su bolso y se los entregó a Elena Montenegro.
—Hace unos días hablé con mi papá. Le dije que me iré a vivir con él al extranjero. Ya me encontró un prometido. Me voy a mantener muy lejos de Ricardo, ya no volveré a molestarlo, puede estar segura de eso.
Elena revisó los papeles de migración con detenimiento, una y otra vez, antes de que su expresión se relajara visiblemente.
—¡Más te vale!
Solo cuando Elena se fue, Natalia sintió que podía sacar la tensión acumulada. Guardó los documentos en su bolso y se dispuso a salir.
Pero al levantarse, se encontró de frente con Ricardo, que estaba parado en el umbral. Sus miradas se cruzaron.
—¿De quién te vas a alejar?
La mente de Natalia se quedó en blanco por un instante. No sabía cuánto había escuchado Ricardo, pero instintivamente no quería que supiera que planeaba irse del país.
Sacudió la cabeza.
—De nadie. Oíste mal.
Desvió la mirada y se hizo a un lado para pasar, pero la voz de Ricardo la detuvo de nuevo.
—Sé que no quieres irte al extranjero. Cuando Isabela y yo nos casemos, no tienes por qué mudarte. Tu papá y yo somos amigos, yo me puedo hacer cargo de ti siempre.
Ante tales palabras, Natalia abrió los ojos como platos. Incluso Isabela, que justo salía a buscar a Ricardo, se quedó paralizada en su sitio.
Fue la mirada cargada de rencor que Isabela le dirigió lo que sacó a Natalia de su estupor. Sin pensarlo dos veces, se dio la vuelta y huyó de ahí.