Capítulo 3
Al ver que Camila insistía tanto, Hernán levantó la mano y se frotó el entrecejo.

En ese instante, Camila pudo sentir con claridad la tensión amenazante que comenzó a envolverlo.

Pero cuando él volvió a mirarla, sus ojos ya se habían suavizado.

—En realidad, no hay nada que no pueda contarte. Solo me fui para abrirme camino por mi cuenta. Si me quedaba en Casa Aguirre, todo lo que tuviera me lo habría dado Jesús. En ese entonces yo ya estaba enamorado de ti y quería darte un futuro construido por mí mismo. Por eso decidí irme a luchar solo.

—Me tomó cinco años construir algo, y entonces volví. Tenía demasiado miedo de perderte, por eso no quise decírselo antes a tus papás. Me daba miedo que no aceptaran que estuvieras conmigo.

La mirada de Hernán se volvió cada vez más seria.

—Sé que fui un poco egoísta al hacerlo así, pero solo de esa manera podía tenerte de verdad. Solo así podía evitar cualquier riesgo de perderte.

A primera vista, aquellas palabras sonaban muy conmovedoras, pero no resistían el menor análisis.

Antes, si Camila lo hubiera escuchado decir algo así, seguramente se habría sentido profundamente conmovida.

Pero ahora, lo único que sentía era decepción.

Le había dado una oportunidad para ser sincero.

Quería que él le contara todo, pero él aun así eligió mentirle.

Camila admitía que, en el fondo, seguía amando profundamente a Hernán.

En el momento en que se encontró con su mirada dulce, todo lo vivido entre ellos fue como una red invisible y cerrada que volvió a atraparla con fuerza.

Y la idea de irse fue como una mano enorme que le apretó el corazón con brutalidad, tanto que hasta respirar le dolía.

Pero la duda ya había nacido.

Así que esta vez, por más que le doliera dejarlo, tomó la decisión de marcharse.

No quería, ni estaba dispuesta, a que sus papás perdieran la dignidad por su culpa.

Para no despertar las sospechas de Hernán ni arruinar su plan, Camila hizo lo de siempre: se acercó a él y se dejó abrazar sin preguntar nada más.

No fue sino hasta que el carro se detuvo frente a la boutique de vestidos que ella contuvo sus emociones y bajó junto con Hernán.

Camila había esperado con enorme ilusión esos vestidos para la fiesta de compromiso.

También había imaginado incontables veces cómo se vería parada junto a él.

Pero ahora, esa fiesta de compromiso estaba destinada a convertirse en una farsa.

Así que ya no importaba si aquellos vestidos eran bonitos o no.

Aunque ya no tenía ninguna expectativa, los vestidos le quedaban perfectos.

Al ver el asombro evidente en los ojos de Hernán y escuchar los elogios envidiosos de las empleadas, Camila solo pudo esforzarse por fingir que se sentía feliz.

Al notar que a ella le gustaban, Hernán no dudó ni un segundo en apartar aquellos vestidos valuados en millones de dólares.

Ahora, sin importar lo tierno y considerado que se mostrara, Camila ya no sentía la felicidad de antes.

No tenía ánimo para pasear con Hernán, así que inventó cualquier excusa y le dijo que había quedado de ir de compras con una amiga.

Hernán no sospechó nada.

Le pidió al chofer que la llevara y él tomó un taxi hacia la empresa.

Camila le pidió al chofer que se detuviera en la entrada del centro comercial.

Entró a toda prisa y luego salió por el otro extremo.

Después tomó un taxi hacia el hospital.

Al llegar, no se atrevió a perder tiempo.

Fue directo a Ginecología y Obstetricia, se registró y pasó a revisión.

Cuando recibió el resultado y confirmó que no estaba embarazada, su corazón inquieto por fin se alivió un poco.

Al salir del hospital, no supo si fue por lo fuerte del sol o por la ansiedad que llevaba encima, pero de pronto sintió un mareo imposible de controlar.

Se apoyó en la pared y se agachó a un lado.

Entonces sacó su celular y llamó a Jesús.

La llamada fue contestada muy pronto, y desde el otro lado llegó la voz de Jesús, llena de cariño.

—¿Y ahora cómo se te ocurrió llamarme? ¿Por fin vas a dignarte a presentarme a ese novio tuyo?

Camila había estudiado la universidad en Puerto Esmeralda y se había reencontrado con Hernán cuando estaba a punto de graduarse.

Por Hernán, después de graduarse se quedó en Puerto Esmeralda y consiguió trabajo ahí.

Ya habían pasado tres años desde entonces.

Cada vez que sus papás decían que querían ir a visitarla, ella los rechazaba con toda clase de excusas.

Y cada vez que ella volvía a Monte Real, Hernán nunca la acompañaba.

Durante esos tres años de amor intenso, para poder pasar más tiempo con Hernán, Camila había vuelto muy pocas veces a casa.

Pero sus papás jamás se lo reprocharon.

Solo le recordaban, cada vez, que debía cuidarse mucho.

En ese momento, al pensar en lo que Hernán había dicho por celular y escuchar la preocupación en la voz de su papá, las lágrimas que había estado conteniendo durante tanto tiempo por fin estuvieron a punto de desbordarse.

—Papá, quiero volver a casa.

Jesús se quedó en silencio un instante al otro lado de la línea. Luego preguntó:

—Dime la verdad. ¿Tu novio te hizo algo?

Apenas escuchó eso, las lágrimas de Camila comenzaron a caer sin control.

Aun así, dijo:

—No, papá. No preguntes.

—Bueno, no pregunto. Si quieres volver, vuelve. ¿Quieres que vaya por ti? Tu mamá y yo llevamos mucho tiempo queriendo que regreses. Tranquila, nosotros siempre vamos a ser tu respaldo. Puedes volver cuando quieras. No te aguantes nada allá afuera. Si pasa algo, tienes que decirnos.

Al escuchar aquellas palabras llenas de cariño, Camila reprimió la tristeza y se obligó a sonreír un poco.

—Espérenme diez días más. En diez días regreso, y ya no me voy a ir de Monte Real.

Sus papás la querían tanto.

Sin importar cuál fuera la razón de Hernán ni qué supuesta dificultad escondiera, ella no permitiría que ellos quedaran humillados frente a sus familiares y conocidos.

Por eso, en aquella fiesta de compromiso, estaba destinado a no haber novia.

Después de hablar un rato más con Jesús, Camila logró tranquilizarse poco a poco.

Cuando analizó con calma su situación actual, se dio cuenta de que lo más complicado seguía siendo aquella sesión de fotos.

Era una sesión bastante sensual, y Hernán la había acompañado durante todo el proceso.

En ese momento, Hernán le dijo que sería un secreto exclusivo entre ellos dos, y ella no lo pensó demasiado antes de aceptar.

La verdad, tomarse unas fotos sensuales con la persona que más amaba no le parecía nada malo.

Incluso le había parecido algo extraordinariamente dulce.

Pero algo así, una vez expuesto frente a todo el mundo, una vez mostrado en público, sin duda se convertiría en una tortura para cualquier mujer.

Hernán se había aprovechado de su confianza.

Mientras ella estaba llena de felicidad, él planeaba cómo destruirla.

Mientras más lo pensaba Camila, más frío sentía en el corazón.

La fotógrafa que había hecho aquella sesión era una profesional muy conocida en el medio.

Camila recordaba haber guardado su número.

Buscó con cuidado entre sus contactos.

Cuando por fin encontró ese número, los dedos le temblaban, pero aun así marcó.

La llamada fue contestada muy pronto.

Camila hizo un esfuerzo por sonar natural.

—Mónica, ¿ya está lista la sesión de fotos de Hernán y mía?

Del otro lado, Mónica respondió con entusiasmo:

—¿Eres Camila, verdad? Su sesión ya casi está lista. Más o menos falta una semana. Justo pensaba contactar a Hernán en estos días.

Camila se esforzó por hablar con un tono alegre y un poco tímido.

—Cuando esté lista, ¿podrías contactarme directamente a mí? No le digas nada a Hernán todavía. Quiero darle una sorpresa.

Mónica, por supuesto, no sospechó nada y aceptó de inmediato.

—Claro. En cuanto esté lista, te aviso.

Camila le dio las gracias enseguida.

Pero en el instante en que colgó, sintió como si algo dentro de su pecho se hubiera vaciado de golpe.

“Hernán, no importa cuál sea tu razón ni qué dificultades tengas. Yo no voy a convertirme en una pieza que puedas usar para lastimar a mis papás.”

En una semana podría obtener las fotos.

Por suerte, todavía estaba a tiempo.

Cuando las tuviera en sus manos y se asegurara de que Mónica destruyera los archivos originales, ya no tendría nada de qué preocuparse.

Por supuesto, también prepararía otra serie de fotos para Hernán.

En la fiesta de compromiso dentro de diez días, esperaba que a Hernán le gustaran esas fotos.

Camila estaba pensando justo en eso cuando, de pronto, su celular comenzó a sonar.

Bajó la mirada y vio el nombre en la pantalla.

Un destello de inquietud cruzó por sus ojos.

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