Capítulo 4
Quien llamaba era Matías Redondo, un amigo de Hernán.

En los tres años que llevaba con Hernán, Camila solo había visto a Matías unas cuantas veces. No podía decirse que fueran cercanos.

Pero, por alguna razón, en esas pocas ocasiones en que se habían visto, ella siempre había sentido una vaga hostilidad de su parte.

Por eso, con el tiempo, cuando Hernán se reunía con sus amigos, ella ya no quería acompañarlo.

Camila había guardado los números de todos ellos cuando recién los conoció, pero en esos tres años nunca se habían contactado.

Ahora que Matías la llamaba de repente, no sabía por qué, pero una inquietud empezó a crecerle en el pecho.

Sin embargo, durante esos tres años, tanto frente a Hernán como frente a su grupo de amigos, ella siempre había mantenido una imagen dulce y accesible.

Así que, aunque por dentro se resistía, no podía ignorar la llamada.

Mientras más delicado era el momento, menos debía hacer algo que levantara sospechas.

Respiró hondo, reprimió la inquietud que sentía y contestó.

Apenas se conectó la llamada, la voz de Matías llegó de inmediato desde el otro lado.

—Camila, estamos en el privado 606 del Club Ímpetu. Ya casi llegaron todos. Vente tú también.

Junto con su voz, también se alcanzaba a escuchar un ambiente bastante animado de fondo.

Camila apretó el celular y preguntó con su tono habitual:

—¿Pasa algo?

—Tú y Hernán ya están por comprometerse, pero él siempre te tiene escondida y no deja que te veamos. La verdad, a varios nos da mucha curiosidad saber cómo es la mujer que logró conquistar a Hernán.

—Tranquila, no tenemos mala intención. Solo pensamos que, si Hernán ya decidió que eres tú, tarde o temprano también vas a tener que integrarte a nuestro círculo, ¿no crees?

Camila frunció ligeramente el ceño, pero aun así aceptó.

Al principio pensó que sería una reunión común, como las de antes.

Aunque no le gustaban mucho esos ambientes, ya se había preparado mentalmente.

Pero cuando llegó al privado, se dio cuenta de que esa noche había demasiada gente.

Varias caras le resultaban desconocidas.

Ella se quedó en la entrada y miró alrededor, pero no encontró a Hernán.

Justo cuando iba a retirarse, Matías la sujetó de golpe.

—Les presento a todos. Ella es Camila, la novia de Hernán.

En cuanto dijo eso, todas las miradas dentro del privado cayeron sobre ella.

Camila no estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones.

Volteó a ver a Matías.

—¿Por qué no ha llegado Hernán? Voy a llamarle.

Apenas quiso salir para hacer la llamada, Matías la jaló hacia adentro.

—Hernán fue a recoger a alguien. Ahorita viene. Seguro va manejando, así que mejor no lo llames. Pasa y diviértete un rato.

Matías llevó a Camila hacia el interior del privado, y muy pronto varias personas se acercaron a rodearla.

Todos decían palabras halagadoras, pero Camila no sabía por qué; en las miradas que caían sobre ella alcanzaba a notar un descaro desagradable.

Hernán tenía bastante influencia en Puerto Esmeralda.

En circunstancias normales, nadie se atrevería a mirar a su novia de esa manera.

A menos que, desde el principio, nunca hubieran considerado a Camila como su verdadera pareja.

Un frío le subió desde el corazón, y la llamada que había escuchado esa mañana volvió a estallar en su mente.

Al ver que las personas a su alrededor se acercaban con el pretexto de brindar para obligarla a beber, las manos de Camila, caídas a ambos lados de su cuerpo, se fueron cerrando cada vez más.

Al principio, todavía quería aguantar y esperar a ver cómo manejaría Hernán la situación cuando llegara.

Pero entonces un hombre con el pelo lleno de gel se inclinó hacia ella y le puso una enorme mano sobre el muslo.

La palma estaba húmeda y pegajosa, tibia de una forma inexplicablemente asquerosa.

Camila no pudo soportarlo y lo empujó.

Matías, que estaba a un lado, también sintió que se había pasado de la raya y dijo con frialdad:

—Hugo, ¿dónde estás poniendo la mano? ¡Es la novia de Hernán! Si estás borracho, vete a que se te baje en otro lado. No vengas aquí a hacer tus estupideces.

Pero Hugo claramente ya había bebido demasiado.

Soltó una risa fría y dijo:

—¿Ahora se hace la santa o qué? ¿A poco ustedes no saben cómo es? Aceptó hacerse fotos así como si nada. Yo todavía estoy esperando que Hernán nos enseñe las tomas completas. Ahora resulta que no aguanta ni que la toquen por encima de las medias. Qué buena para fingir.

Cuando Hugo dijo eso, Hernán acababa de empujar la puerta y entrar.

Alcanzó a escucharlo todo.

Al ver a Camila de pie a un lado, con el rostro pálido, Hernán avanzó con pasos pesados y, de una patada, derribó a Hugo, que todavía seguía soltando insultos.

Matías se apresuró a intervenir:

—¿No ven que Hugo está borracho? ¡Sáquenlo ya!

Cuando vio que los demás arrastraban a Hugo hacia afuera, apenas entonces habló con tono tranquilo:

—Camila, perdón. Es un imbécil. Habla sin pensar. No le hagas caso.

Camila no le respondió. Solo fijó una mirada pesada en Hernán y preguntó con seriedad:

—Esa sesión de fotos que acaba de mencionar, ¿qué significa?

En realidad, ambos sabían muy bien de qué se trataba, pero Camila aun así quería una respuesta.

Quería ver qué razón absurda podía inventar ahora ese hombre al que había amado durante tantos años para salir del paso, para seguir engañándola.

—Antes ellos dijeron que tienes muy buen cuerpo y me pidieron que te llevara a hacerte una sesión de fotos. Yo solo lo dije de pasada. Pero tampoco pensé que se atreverían a mencionarlo así. Fue culpa mía.

Hernán sujetó con fuerza la mano de Camila y la llevó hacia afuera.

No muy lejos del privado, Hugo seguía soltando vulgaridades frente a los que lo habían sacado.

Hernán llevó a Camila hacia él con pasos rápidos, tomó una botella de licor al pasar, se la puso en la mano y, sujetándosela con fuerza, la hizo estrellarla contra la cabeza de Hugo.

Hugo quedó aturdido por el golpe.

El dolor lo hizo cubrirse la cabeza y agacharse en el suelo.

Los demás también se asustaron y retrocedieron varios pasos, sin atreverse a decir nada.

—Hugo, mírala bien. Ella es mi mujer. Si vuelves a faltarle al respeto de esa manera, no solo te voy a partir la cabeza. ¿Entendiste?

Hernán había llegado hasta donde estaba poco a poco, empezando desde abajo.

En ese proceso, había conocido la desesperación, la humillación y había soportado cosas que una persona común no habría podido aguantar.

Y precisamente todo eso había moldeado su carácter actual: retorcido, violento y despiadado.

Mucha gente le tenía miedo.

En ese momento, aunque Hugo estaba furioso por dentro y sentía que la cabeza le iba a estallar de dolor, solo pudo aguantarse, ponerse de pie y disculparse con Camila.

Solo después de que Hugo terminó de disculparse, Hernán volvió la cabeza y miró a Camila con seriedad.

—Si alguien te hace algo, tienes que responder, ¿me oíste? No importa lo que hagas, yo voy a respaldarte. Así que no tengas miedo.

—Perdón. Hoy fue culpa mía. Se me olvidó lo miserables que pueden ser estas personas. No debí pedirle a Matías que fuera por ti. Si no quieres tratar con ellos, no tienes por qué hacerlo. No les des tanta importancia.

Hernán dijo aquellas palabras con sinceridad y seriedad.

Al verlo inclinarse frente a ella y mirarla de esa manera, Camila se quedó aturdida por un momento.

De pronto, ya no pudo entenderlo.

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