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Capítulo 2: La incógnita del destino.

Capítulo 2: La incógnita del destino.

El saludo de Oliver quedó suspendido en el aire, una invitación silenciosa al desastre. Su mano derecha, firme y de dedos largos, permanecía extendida hacia Emma con una parsimonia cruel. El anillo con el sello familiar en su dedo meñique brillaba bajo la luz de las lámparas de araña, el mismo anillo que Emma había visto tantas veces posarse sobre su propia piel en una vida que ahora parecía pertenecer a otra persona.

Emma sentía que las paredes del fastuoso salón de baile se cerraban sobre ella. El tintineo de los brindis, las risas amortiguadas de la aristocracia financiera y el murmullo de la música de cámara se transformaron en un eco lejano y distorsionado, como si estuviera sumergida bajo el agua. Su mirada iba del rostro sonriente y orgulloso de Jacob —el hombre que la había rescatado de las cenizas— a los ojos grises, gélidos y calculadores de Oliver —el hombre que la había reducido a ellas—.

—¿Emma? ¿Te encuentras bien? —la voz de Jacob intervino, teñida por un repentino matiz de desconcierto. Sintió la rigidez absoluta en el cuerpo de su prometida y cómo la calidez había abandonado por completo la mano que reposaba sobre su brazo.

Las palabras de Jacob actuaron como el detonante de una alarma interna. Si se quedaba allí un segundo más, sus piernas cederían. Sus ojos delatarían el terror, o peor aún, el pasado que compartía con el hombre que gobernaba la empresa de su padre. Nadie podía saberlo. Jacob no podía enterarse jamás de que el director ejecutivo al que tanto respetaba, el medio hermano del que hablaba con una mezcla de distanciamiento y deber familiar, era el mismo exesposo cuyo recuerdo casi la empuja al abismo en Europa. Y Oliver... Oliver no podía descubrir lo vulnerable que seguía siendo ella ante su sola presencia.

—Yo... lo siento —consiguió articular Emma. Su propia voz le sonó extraña, desprovista de fuerza, apenas un susurro que la orquesta ahogó para todos menos para los dos hombres frente a ella—. El viaje... el cambio de horario. Me he mareado de repente. Necesito ir al tocador.

Sin esperar la respuesta de Jacob, sin atreverse a rozar los dedos extendidos de Oliver y, sobre todo, sin mirar atrás, Emma se soltó del agarre de su prometido. Dio media vuelta y comenzó a caminar a paso apresurado entre la multitud. La seda azul de su vestido ondeaba a su alrededor mientras esquivaba bandejas de champán y saludos a medio empezar. Su único objetivo era escapar de la luz cegadora del salón, encontrar un refugio donde sus pulmones recordaran cómo absorber el oxígeno.

—Emma, espera, voy contigo... —alcanzó a decir Jacob, dando un paso al frente con el ceño fruncido por la preocupación.

Sin embargo, antes de que Jacob pudiera seguirla, una mano firme se posó sobre su hombro, deteniéndolo en el acto. Oliver Rossi se interpuso sutilmente en su camino, mostrando una expresión de absoluta tranquilidad, aunque por dentro una tormenta de proporciones bíblicas acababa de desatarse en su pecho.

—Déjala, Jacob —dijo Oliver, con esa voz profunda y autoritaria que rara vez admitía réplica—. El tocador de damas principal está colapsado a esta hora por las esposas de los accionistas. Si está mareada, la prensa la rodeará en un segundo en los pasillos principales. Déjame indicarle el ala privada de la dirección. Conozco los accesos rápidos de este hotel y el personal corporativo la guiará sin armar un revuelo que mañana esté en las portadas de los periódicos de negocios. Quédate aquí, atiende al ministro de industria que acaba de llegar. Yo me aseguro de que esté bien.

Jacob dudó un instante, mirando en la dirección por la que Emma había desaparecido y luego a su medio hermano. La relación entre ambos siempre había sido estrictamente formal, marcada por la distancia de haber crecido en mundos diferentes tras el divorcio de sus padres, pero Oliver poseía un sentido del control que Jacob respetaba. Además, la aparición del ministro era crucial para la firma legal.

—Está bien —cedió Jacob, suspirando con pesadumbre—. Por favor, Oliver. Está muy nerviosa por su regreso. Cuídala.

Oliver asintió con un gesto imperceptible, una sombra de ironía cruzando sus facciones.

—Descuida. Yo me encargo.

Emma empujó las pesadas puertas de madera labrada que daban acceso al ala de descanso privada del segundo piso, una zona reservada exclusivamente para los altos ejecutivos y dignatarios durante el evento. El pasillo estaba alfombrado en tonos oscuros y flanqueado por lámparas de pared que proyectaban una luz tenue, un bálsamo bendito en comparación con la opulencia estridente del salón principal. No había nadie allí.

Caminó hasta el fondo, entró al baño de mármol blanco y se apoyó contra el borde del lavabo. Abrió el grifo del agua fría, llenó sus manos y se la llevó al rostro, cuidando de no arruinar el maquillaje que los estilistas habían tardado horas en perfeccionar. Sus manos temblaban de manera incontrolable.

—No puede ser real —susurró para sí misma, mirando su reflejo borroso en el espejo—. No puede ser él. Dios mío, ¿por qué?

Seis años. Seis años construyendo una fortaleza de cristal en París, convenciéndose de que el dolor había sanado, de que Jacob era el camino hacia una vida en paz. Y en menos de diez segundos, la arquitectura de su nueva realidad se había desmoronado por completo. Oliver Rossi era el hermano de Jacob. El director ejecutivo de Corporación. El hombre del que huía era la sombra que habitaba en la familia de su futuro esposo. El secreto era una bomba de tiempo con la mecha encendida, y ella estaba atrapada en el centro.

Emma cerró los ojos, intentando estabilizar los latidos de su corazón, cuando el sonido seco de la puerta principal del baño al cerrarse la hizo dar un brinco.

Se giró con rapidez, con el corazón en la garganta.

Oliver estaba de pie junto a la entrada. Había pasado el cerrojo con un clic metálico que resonó en el silencio del espacio como un disparo. Su esmoquin lucía impecable, pero su postura ya no era la del frío hombre de negocios que saludaba a los inversores; había una tensión felina en sus movimientos, una furia contenida que hacía que el aire del baño se sintiera súbitamente asfixiante.

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