Mundo ficciónIniciar sesióncapítulo 3: El reencuentro.
—¿Qué estás haciendo aquí? Este es el baño de damas, Oliver. Sal de aquí ahora mismo o voy a gritar —amenazó Emma, intentando infundir en su voz una autoridad que no sentía. Dio un paso atrás, hasta que su espalda chocó contra el mármol frío del lavabo.
Oliver no respondió de inmediato. Avanzó lentamente, acortando la distancia entre ambos con pasos firmes y silenciosos, como un depredador que acorrala a su presa. Sus ojos grises la barrieron de arriba abajo, deteniéndose un instante en el collar de diamantes que adornaba su cuello y luego en el anillo de compromiso que brillaba en su mano izquierda. Una mueca de desdén y dolor reprimido distorsionó sus labios.
—¿Gritar, Emma? ¿Vas a gritar para que Jacob venga a salvarte? —preguntó Oliver, deteniéndose a escasos centímetros de ella. Su cercanía era abrumadora; Emma pudo oler el aroma a tabaco, ámbar y aquella colonia amaderada que solía impregnarse en sus propias sábanas años atrás—. Adelante, grita. Explícale a mi hermano por qué su flamante prometida huye como un animal asustado en el momento en que me ve. Explícale qué clase de "mareo" te dio al mirar mi rostro.
—No tengo nada que explicarte a ti —replicó Emma, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento desesperado por protegerse—. Apártate de mi camino. Jacob me está esperando.
—Jacob puede esperar —siseó Oliver, acortando aún más la distancia, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El control que había mostrado en el salón se había evaporado, dejando al descubierto una intensidad salvaje—. Seis años, Emma. Seis años desaparecida en Europa sin dejar un maldito rastro, ignorando las llamadas de los abogados, firmando las malditas actas de divorcio a través de intermediarios como si yo fuera una plaga. Y de repente regresas, tomada de la mano del hombre que comparte mi sangre. ¡Contéstame! ¿De cuándo acá te vas a casar con mi hermano?
Emma sintió que el suelo temblaba. El tono de Oliver destilaba un resentimiento acumulado durante más de dos mil días, pero también una confusión genuina. Él no lo sabía. Oliver no sabía que Jacob era su prometido hasta esta noche, del mismo modo que ella no sabía que Oliver era el hermano de Jacob. El destino les había jugado la broma más macabra de sus vidas.
—Yo no lo sabía, Oliver —confesó Emma, con la voz quebrada por la honestidad del pánico—. Te lo juro por la memoria de mi padre. Yo no sabía que Jacob tenía un hermano llamado Oliver Rossi. Él siempre habló de un medio hermano por parte de madre, un ejecutivo con el que apenas tenía relación, pero nunca mencionó tu nombre completo ni me mostró una fotografía. Vivíamos en Europa, Oliver... construyendo algo nuevo. ¡No planeé esto!
Oliver entrecerró los ojos, analizando cada milímetro de la expresión de Emma, buscando el más mínimo indicio de falsedad. Sus manos se tensaron a los costados.
—¿Me estás diciendo que el hombre con el que compartes la cama, el hombre con el que planeas casarte, nunca te mencionó que el director ejecutivo de la empresa de la que eres dueña de la mitad de las acciones era su propio hermano? ¿Pretendes que me crea esa coincidencia, Emma?
—¡Es la verdad! —exclamó ella, las lágrimas de frustración finalmente agolpándose en sus ojos, aunque se negó a dejarlas caer—. Jacob me conoció cuando yo estaba en mi peor momento. Él no quería hablar de mi pasado porque sabía cuánto me dolía, y yo... yo solo quería olvidar. Corporación Rossi era algo que manejaban mis apoderados. Para mí, el director ejecutivo era solo un nombre en un papel que nunca quise leer. ¡Quería borrarte de mi vida, Oliver! ¡Quería que no existieras!
Las palabras de Emma golpearon a Oliver como un impacto físico. Un destello de vulnerabilidad cruzó por sus ojos grises antes de ser reemplazado por una máscara de fría ironía. Se inclinó hacia ella, tanto que Emma pudo sentir el calor de su aliento en la mejilla.
—Pues qué mala suerte, Emma. Porque sigo existiendo. Y resulta que ahora soy la familia del hombre que elegiste para reemplazarme —dijo Oliver, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. Pero dime una cosa... Si de verdad es una coincidencia, si de verdad no lo sabías... ¿qué vas a hacer ahora? ¿Vas a salir por esa puerta y le vas a decir a Jacob que el hombre que maneja las finanzas de tu familia es el mismo que te rompió el corazón? ¿Le vas a decir que estuviste casada conmigo? ¿Que firmaste tu libertad porque no podías soportar mirarme a los ojos?
Emma guardó silencio, el terror paralizando su garganta. Oliver tenía razón. ¿Cómo podía decírselo a Jacob ahora? Jacob la amaba con una pureza que ella temía destruir. Si Jacob descubría que su prometida y su hermano compartían un pasado tan devastador, la confianza se rompería para siempre. La brecha entre los dos hermanos, que ya era grande, se convertiría en un abismo de odio y sospechas.
—No... —susurró Emma, con la mirada perdida—. No puedo decírselo. No todavía. Destruiría a Jacob. Él no se merece esto.
Oliver dejó escapar una risa amarga, apartándose un paso, aunque sus ojos no dejaron de taladrarla.
—Vaya. Así que vas a empezar tu matrimonio basado en una mentira colosal. Qué noble de tu parte, Emma. Proteger a Jacob... ¿o te estás protegiendo a ti misma de que él descubra la clase de mujer con la que se está casando?
—¡Tú no sabes nada de mí! —le espetó Emma, la ira ganándole terreno al miedo—. ¡Tú perdiste el derecho a juzgarme el día que destruiste nuestro matrimonio! No me obligues a recordar lo que pasó, Oliver. No juegues conmigo. Si aprecias en algo a tu hermano, mantendrás la boca cerrada.
Oliver dio un paso rápido hacia ella, atrapándola entre sus brazos al apoyar ambas manos en el lavabo, a los lados de la cintura de Emma. La proximidad volvió a encender una chispa de aquella electricidad peligrosa que solía unirlos, una atracción destructiva que el tiempo no había logrado apagar del todo. Emma contuvo el aliento, con los ojos abiertos de par en par, viendo cómo la mirada de Oliver descendía por un segundo hacia sus labios antes de volver a sus ojos.
—¿Y si no quiero guardarme el secreto? —provocó Oliver, con una cadencia oscura—. ¿Qué vas a hacer para convencerme de que no arruine tu perfecta mentira esta misma noche, Emma?
El silencio que siguió fue tan denso que el tic-tac de un reloj invisible en la estancia parecía retumbar en las sienes de ambos. Emma podía sentir los latidos desbocados de Oliver contra su propio pecho. El aire estaba cargado de preguntas sin respuesta, de un pasado no resuelto que amenazaba con devorarlos a todos.
Antes de que Emma pudiera responder o apartarlo, el pomo de la puerta del baño se movió con brusquedad desde el exterior. El sonido del cerrojo forzándose cortó el aire como un látigo.
—¿Emma? ¿Estás ahí dentro? —la voz de Jacob resonó desde el otro lado de la madera, clara, cercana y cargada de una creciente alarma—. El personal de seguridad me dijo que Oliver te guió hacia los baños privados del segundo piso, pero la puerta está cerrada con seguro. ¿Emma? ¡Abre, por favor! Me estás asustando.
Emma abrió los ojos con pánico absoluto, mirando a Oliver. Estaban atrapados. Si Jacob forzaba la puerta o si Oliver abría en ese instante, no habría forma humana de explicar por qué el director ejecutivo y la prometida estaban encerrados en un baño privado, a oscuras de la sociedad, con las respiraciones agitadas y la ropa desarreglada por la cercanía.
Oliver mantuvo la mirada fija en Emma. Sus manos seguían apoyadas a los lados de su cuerpo, bloqueándola. Una sonrisa enigmática, casi letal, comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios mientras su mano derecha se movía lentamente, no hacia el cerrojo de la puerta para abrir, sino hacia el bolsillo interior de su saco, de donde extrajo un pequeño objeto metálico que Emma reconoció al instante: una llave dorada con una inscripción antigua.
—Jacob está a punto de tirar la puerta, Emma —susurró Oliver, con una frialdad que le heló la sangre—. Y resulta que esta no es la única puerta trasera de este complejo. Tengo una oferta para ti, pero el tiempo corre. Elige ahora: o dejamos que mi hermano entre y descubra todo... o vienes conmigo por el pasillo de servicio y escuchas lo que tengo que proponerte para salvar tu boda. Tienes tres segundos.
Fuera, los golpes de Jacob contra la madera se volvieron más urgentes.
—¡Emma! ¡Voy a llamar a la seguridad para que abran! —gritó Jacob desde el pasillo.
Emma miró la llave en la mano de Oliver, luego la puerta que vibraba por los golpes de su prometido. El abismo se abría ante ella, y cualquier decisión que tomara marcaría el inicio de su propia destrucción.







