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capítulo 1: El comienzo de Todo.
Emma ha huido de aquel hombre durante seis años. Aunque ahora vive en Europa y ha construido su propia carrera, las sombras del pasado todavía la persiguen de vez en cuando, haciéndola sentir inquieta.
—Oye, mírame —le pidió con suavidad Jacob—. Estás teniendo un ataque de pánico. No importa lo que haya pasado antes. Ahora eres una mujer nueva. Esta noche es el momento de que todos vean lo radiante y hermosa que eres. El pasado quedó atrás. "El pasado nunca se queda atrás", pensó Emma, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. "El pasado camina a nuestro lado, esperando el momento exacto para hacernos tropezar". Pero no lo dijo. No quería preocupar a Jacob, no quería parecer la mujer débil que él había conocido en los cafés de París, llorando por un amor maldito que casi la destruye. —¿Quieres un vaso de agua? —preguntó Jacob, apartándole un mechón de cabello del rostro—. Tu piel está helada. Quédate aquí un momento, iré a pedírselo al servicio de habitaciones antes de que bajemos al salón. Necesitas calmarte. —No, no te vayas —suplicó ella, aferrándose a la solapa de su esmoquin—. Solo... solo dame un minuto. Manténme sujeta. Jacob la abrazó, envolviéndola en su aroma a madera y seguridad. Emma cerró los ojos, forzándose a respirar al ritmo del pecho de su prometido. Intentó convencerse de que estaba a salvo. Jacob la amaba. Se iban a casar. El hombre que la había lastimado ya no formaba parte de su mapa. Esta noche era sobre Corporación, sobre sus acciones, sobre su futuro. Tras unos minutos de silencio, Emma se apartó lentamente, forzando una respiración profunda. —Estoy lista —mintió, enderezando la espalda—. Bajemos. El salón de baile del hotel era un derroche de oro, cristal y música de cámara. Cientos de personas vestidas de etiqueta conversaban con copas de champán en la mano bajo las inmensas lámparas de araña. Cuando las puertas se abrieron para anunciar la llegada de Emma Soler y Jacob Vidal, un murmullo recorrió el lugar. La heredera ausente había regresado. Emma caminaba con la cabeza alta, su mano apoyada firmemente en el brazo de Jacob. Sonreía mecánicamente a los rostros conocidos que se acercaban a saludarla, hombres de negocios que recordaban a su padre, mujeres de la alta sociedad que intentaban descifrar el misterio de su larga ausencia. Jacob respondía con carisma y soltura, presentándose como su prometido y manejando la atención con la destreza de un hombre acostumbrado a los círculos de poder. Sin embargo, a pesar de la fachada perfecta, el nerviosismo de Emma iba en aumento. El aire en el salón se sentía denso, casi cargado de electricidad estática. Sentía una extraña vibración en la boca del estómago, un presentimiento oscuro que se negaba a abandonarla. Sus ojos escudriñaban el lugar de manera inconsciente, buscando algo que no quería encontrar. —Buenas noches, Jacob. Veo que finalmente has llegado. La voz resonó a sus espaldas. Era una voz profunda, rica en matices, con una cadencia arrastrada que Emma habría reconocido aunque hubieran pasado cien años, aunque se encontrara en el rincón más remoto del planeta. El mundo entero pareció congelarse en ese microsegundo. El tintineo de las copas de cristal desapareció, la música de la orquesta se extinguió en sus oídos y el aire se volvió de plomo en sus pulmones. Emma sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Toda la sangre se retiró de su rostro de golpe, dejándola lívida, fría como el mármol. Jacob, ajeno por completo al cataclismo interno de su prometida, sonrió de par en par y se giró con entusiasmo, arrastrando suavemente a Emma consigo. —¡Oliver! —exclamó Jacob, extendiendo la mano libre para estrechar la del recién llegado—. Qué gusto verte. Te estuvimos buscando desde que entramos, pero este lugar es un mar de gente. Emma se vio obligada a girarse. Y allí estaba él. Oliver Rossi. Estaba impecable, vistiendo un traje hecho a medida que acentuaba su imponente estatura y la rigidez de sus hombros. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás y sus ojos grises, tormentosos y penetrantes, estaban fijos directamente en ella. No había sorpresa en su mirada; había una intensidad calculadora, una chispa de fuego helado que quemó a Emma hasta la médula. El hombre del que había huido al otro lado del océano, el causante de sus noches en vela y de su exilio emocional, estaba parado a menos de un metro de distancia. Oliver ignoró por un segundo la mano extendida de Jacob, manteniendo sus ojos clavados en los de Emma, viendo cómo el pánico absoluto se reflejaba en las pupilas de la mujer. —Vaya... —murmuró Oliver, con una sonrisa apenas perceptible que no guardaba pizca de calidez—. Así que esta es la famosa Emma de la que tanto me has hablado, hermano. Emma sintió que el corazón le daba un vuelco tan violento que temió que se le saliera del pecho. Sus ojos viajaron frenéticamente de Oliver a Jacob, y luego de regreso a Oliver. La palabra resonó en su mente como un eco ensordecedor, destrozando la poca cordura que le quedaba. ¿Hermano? Jacob sonrió, rodeando la cintura de Emma con su brazo protector, completamente ajeno a la tensión eléctrica que amenazaba con hacer saltar el salón en pedazos. —Sí, Oliver. Te presento a Emma Soler, mi prometida. Emma, amor... él es Oliver, mi medio hermano. El Director Ejecutivo de tu empresa. La respiración de Emma se cortó por completo. El salón entero pareció dar vueltas a su alrededor mientras la mano de Oliver se extendía lentamente hacia ella, esperando un saludo, con una mirada cargada de secretos que prometían destruirlo todo.






