capítulo 11: La tregua.
—Siéntese, señora Soler —dijo la doctora, su tono desprovisto de la calidez médica anterior, reemplazado por una seriedad absoluta.
Emma se sentó en una de las sillas de cuero frente al escritorio, apretando las manos sobre sus rodillas.
—Doctora... gracias por lo que hizo allá afuera. Le salvó la vida a mi hija y... y a mí.
—No lo hice por usted, señora Soler. Lo hice por la niña, y porque detesto ver cómo una crisis médica se convierte en el escenario de una carnicería familiar en mi prop