Verella dejó la maleta en el suelo y se quitó el grueso abrigo que la envolvía. Miró a su alrededor: la casa estaba muy silenciosa. Estaba segura de que Bastian y Carmen estaban en casa.
«¿Se están acostando a mis espaldas?», pensó Verella, levantando las cejas.
Subió las escaleras para ver si su esposo estaba en su habitación o quizá en la habitación de la chica, la chica que había contratado para concebir un hijo para ellos.
«Bastian...».
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